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    Predeterminado Sor María de Ágreda

    BUENO...PARA NO PARECER UN LADRON DE POST :P , QUIERO HACER UNA MENCION ESPECIAL Y DAR UN AGRADECIMIENTO A MI AMIGO DEMADESTRO, QUE ME CONTO ESTA HISTORIA HACE MAS DE DOS AÑOS POR MSN, COMO NO LA RECORDABA, NUNCA LA VOLVI A ENCONTRAR, ASI QUE ME TOME EL TRABAJO DE REVISAR TOOOOODO EL HISTORIAL DE CONVERSACIONES JAJAJA GRACIAS WILL!!

    SOR MARÍA DE JESÚS DE ÁGREDA (1602-1665)


    Ágreda es una vieja villa castellana, perteneciente a la provincia de Soria, que confina con Aragón y se halla asimismo muy cerca del límite de Navarra. Se encuentra, por tanto, enclavada en el confín de tres reinos históricos de España, en las estribaciones del Moncayo. Hasta los últimos reajustes de diócesis perteneció a la de Tarazona. Actualmente cuenta con unos 5.000 habitantes.

    En la Edad Media convivieron dentro de la villa clientes de las tres religiones monoteístas. Aún se señalan en Ágreda los que fueron barrio moro y judío, así como el edificio que sirvió de sinagoga.

    La Venerable Sor María de Jesús, llamada muy comúnmente la Madre Ágreda, ha hecho célebre en el mundo el nombre de Ágreda. Aquí, en efecto, nació, vivió y murió, sin que jamás hubiera salido de los términos de la villa.

    INFANCIA Y JUVENTUD


    Los padres de Sor María fueron Francisco Coronel y Catalina de Arana. Esta, nacida también en Ágreda, era oriunda de Vizcaya, como nos lo recuerda la misma Venerable.[1] Efectivamente, en el convento de Ágreda se conserva todavía el documento de hidalguía de los Arana, de 1540.

    El matrimonio Francisco-Catalina tuvo once hijos, pero siete murieron en edad temprana. Sólo sobrevivieron dos hijos y dos hijas. He aquí los nombres de los cuatro: Francisco, José, María y Jerónima.

    Sobre sus padres, modo de ser de ellos, costumbres, etc., la misma Venerable nos ha dejado una semblanza. De la madre dice que era más oficiosa y viva de natural que el padre (RA 41). Ambos, extremadamente religiosos (RA 37ss).

    La familia Coronel-Arana se relacionaba mucho con los franciscanos de San Julián; así se llamaba el antiguo convento franciscano que estaba situado en las afueras de la villa. La madre tenía allí su confesor y acudía a diario a oír misa a la iglesia del convento. Casi no pasaba día sin que frailes franciscanos visitasen a la familia (RA 46-47).

    La Venerable confiesa que ella, en su primera infancia, parecía un tanto apocada e inútil, y con el fin de que espabilara, su madre le trataba con dureza. «Con verdad puedo decir que en mi vida les vi [a los padres] el rostro sereno hasta después de religiosa» (RA 98). La explicación que Sor María nos da de este comportamiento suyo en su primera infancia es muy otra de la que sus buenos padres podían alcanzar. Nos dice, en efecto, que en edad que ella no puede precisar, pero que debió de coincidir con el despuntar del uso de razón, sin que precediera información exterior ni enseñanza de criaturas, porque aún no tenía edad para ello, recibió una noticia de Dios, del mundo, del estado pecador del hombre, etcétera, cuyos efectos le habían de durar toda la vida (RA 82ss).

    Como efecto de aquella noticia concibió un temor que jamás le abandonó: temor de ofender a Dios y perder la gracia. Al cesar la enseñanza pasiva quedó como suspensa. Se veía rodeada de peligros, repleta de miserias, no osaba hablar con las criaturas, a todas reputaba superiores. El conocimiento propio le aterraba, iba a los lugares ocultos. Por todo ello los padres la juzgaban insensata e inútil, y le daban el trato áspero que hemos dicho. «¿Qué hemos de hacer de esta criatura que no ha de ser para el mundo ni para la religión?» (RA 99).

    A todo ello se agregaron diversas enfermedades, que a los trece años de edad la pusieron a las puertas de la muerte: «Se hizo la cera para mi entierro», dice ella (RA 99). Pero todos los padecimientos los sobrellevaba con gran entereza por el conocimiento que tenía de ser hija de una raza pecadora, obligada a satisfacer a Dios por sus pecados. «Maravillábanse los médicos de que pudiese llevar tan crueles males con tan débiles fuerzas y sin quejarme» (RA 100).

    Aunque al principio la despreciaban y reñían por su desaseo y poco aliño,[2] pero pronto empezaron a respetarla, pues aprendió a leer con presteza, era obediente, etc.

    Cuando cumplió los doce años de edad empezó a tratar de ingresar religiosa. La primera idea fue que tomase el hábito en las carmelitas descalzas de Tarazona, y sus padres andaban ya dando los pasos para ello cuando sobrevino una circunstancia totalmente imprevista, que había de cambiar el rumbo de su vida.

    La madre de la Venerable, Catalina de Arana, tuvo revelación, confirmada por su confesor, Fr. Juan de Torrecilla, según la cual debían transformar la casa en convento e ingresar en él como religiosas la propia madre con sus dos hijas, mientras el padre y los dos hijos entraban de religiosos en la Orden de San Francisco. En realidad los dos hijos varones eran ya religiosos en dicha Orden. Ante esto, María dio su conformidad al nuevo plan y desistió de ir a Tarazona. Pero la idea era tan disonante, que chocó con la resistencia del padre de familia, y más todavía con la de un hermano de éste, Medel. La oposición del vecindario en un principio fue también general. Decían que «era agravio del santo matrimonio» (RA 52).

    Así transcurrieron tres años. No obstante, poco a poco se vencieron las oposiciones y dificultades; el padre cambió de parecer, y en 1618, hechas algunas reformas previas, la casa de Francisco Coronel se transformó en convento de monjas. Francisco, a quien siguió después su hermano Medel, ingresó franciscano en calidad de hermano lego en el convento de Nalda (Soria).

    El tiempo que transcurrió hasta que el proyecto de la nueva fundación se plasmó en realidad, Sor María lo considera como su época de disipación. Los acaloramientos en torno al proyecto, las obras, etc., la distrajeron y disiparon un tanto en su vida espiritual y hasta cedió a la tentación de vanidad.[3]

    El nuevo convento había de ser de la Orden de la Inmaculada Concepción. Sin duda, el fervor inmaculista, que en España conocía entonces uno de sus mejores momentos, fue la causa de esta preferencia. Pero entre las Concepcionistas había dos ramas: una de calzadas y otra de descalzas. Madre e hijas se decidieron por el instituto de descalzas. Mas como en el área de la Provincia franciscana de Burgos, a la que pertenecía la fundación de Ágreda, no había Concepcionistas descalzas, sino sólo calzadas, se cometió la anomalía de traer de Burgos tres monjas Concepcionistas de las calzadas en calidad de fundadoras de un convento que había de ser de la rama descalza. Por esta razón dirá Sor María que la fundación no tuvo buen principio, pues las fundadoras venidas de Burgos tenían que enseñar un modo de vida que ellas no habían profesado ni practicado.[4]

    Dieciséis años tenía Sor María cuando tomó el hábito, juntamente con su madre y hermana. Pronto hubo nuevas vocaciones. En esta primera época la abadesa era de las venidas de Burgos en calidad de fundadoras.

    Una vez vestido el hábito, Sor María reacciona contra la disipación anterior y se entrega toda a la vida espiritual. Hecha la profesión en 1620, comienza en su vida un período de enfermedades, tentaciones y extraordinarios trabajos, que será seguido por otro de fenómenos espirituales resonantes.

    LAS EXTERIORIDADES


    Cuando Sor María tenía dieciocho años, o sea el año siguiente de su profesión, comienzan a tener lugar en su vida ciertos fenómenos místicos resonantes, a los que se dio indiscreta publicidad, sin ella quererlo ni saberlo. Uno de los confesores que tuvo por este tiempo fue el antedicho Fr. Juan de Torrecilla. De él dice la Venerable que era más bueno que cauteloso (RA 120). Sor María padecía con frecuencia éxtasis, arrobos y raptos, fenómenos de levitación, ingravidez, etc., y acudía mucha gente a verla en este estado. Las monjas -por entonces gobernaban la comunidad las venidas de Burgos-, lejos de impedirlo, fomentaban la exhibición.

    «Y llegó mi desgracia -escribe Sor María- a que después de comulgar me alzaran el velo y me vieran algunos seglares. Y como esto de arrobos hace en el mundo imprudente tanto ruido, extendióse y pasó adelante la publicidad, y las superioras que tenía eran amiguísimas de esto de exterioridades, y fuéronse empeñando con unos y otros seglares, y por haberles concedido a unos, no se les negaban a otros.

    »Diome aviso de esto un enfermo, que estaba loco, que vino al convento a verme, y que para mí harto cuerdo fue, y fue mi amargura y dolor tal, que hice voto de no ir a recibir a Nuestro Señor sin encerrarme en la comulgatoria. Pedí un candado fuera de casa, púsele y me encerraba; y lo podía hacer porque comulgaba sola por las muchas enfermedades que tenía yo. Otras veces, que me quitaban la llave, bebía el jarabe o medicina para que no me obligasen a recibir a Nuestro Señor; juzgando por mejor carecer de este consuelo, que no que se hiciese una imprudencia tan grande, como mostrarme a todos los que concurrían, que sólo de oír el ruido de los que eran me desmayaba; reprendíanme ásperamente y me decían era desobediente, y por obedecer me rendía».[5]

    Ella misma, muchos años más tarde, cuando contaba con más experiencia y conocimiento de los caminos del Señor, se referirá con ciertas reservas a los sucesos de aquellos años.

    Ante las quejas de la interesada, intervino el Provincial Fr. Juan de Villalacre para poner fin a aquellas exhibiciones. Por orden de dicho Provincial ella misma pidió a Dios le quitara todas las exterioridades, y Dios se lo concedió. Ocurrió esto en 1623.

    «El modo que tuve de quitar esta publicidad -dice la Venerable- fue que, armada de fe y de esperanza, fui al Señor y, postrada ante su Ser inmutable, le dije no me había de levantar hasta que me concediese quitarme todas las exterioridades en público, y que los beneficios que me había de hacer fuesen a solas; y al prelado, que era el Padre Fr. Juan de Villalacre, Provincial, le supliqué pusiese censuras a las religiosas para que, estando recogida, no me manifestasen a los seglares. El prelado lo hizo lindamente, y el Altísimo desde aquella hora me mudó el camino y me puso en otro, del cual era menester escribir mucho para declararle. Dilatóme grandemente la capacidad del entender y las potencias y sentidos para que, con la grande admiración del mucho conocimiento, no perdiese los sentidos, y más conocía en este estado en un instante que en todos los sucesos de los tres años» (RA 120).

    A partir de esta fecha, la vida mística de la Venerable, aunque más elevada, será oculta, sin estas repercusiones exteriores.

    La novedad del cese de aquellos fenómenos produjo no pequeña impresión en las monjas y dio lugar a varios pareceres. Para muchas el cese de ahora hacía sospechoso todo lo de antes. Ella callaba. Sólo a su madre natural le habló alguna vez, porque la veía contristada por este motivo.

    A estos años de las exterioridades pertenecen también los supuestos viajes de la Venerable a evangelizar a los indios de Nuevo Méjico. Cuando muchos años más tarde Sor María fue sometida a interrogatorio por los calificadores de la Inquisición, la mayoría de las preguntas giraron en torno a esos supuestos viajes de la monja a América, afirmados en un Memorial que se difundió mucho y del que es autor Fr. Alonso de Benavides, Custodio de Nuevo Méjico, que vino a España en 1630 y estuvo en Ágreda. Pero de este proceso diremos algo más abajo.

    El mismo año de 1623 volvieron a Burgos las primitivas fundadoras, y en su lugar se trajeron de Madrid, del convento del Caballero de Gracia, otras tres monjas, también en calidad de fundadoras. Estas sí eran de las Concepcionistas descalzas. Estas segundas fundadoras gobernaron el convento por cuatro años. En 1627 pareció a los superiores religiosos que convenía nombrar abadesa a la Venerable, y así lo hicieron, aunque aún no había cumplido veinticinco años.

    Sor María guardó siempre muy buen recuerdo de las monjas del Caballero de Gracia por su labor como educadoras de la nueva fundación. Se conservan cartas de la Venerable a dichas religiosas. En ellas se revelan facetas altamente simpáticas de su personalidad: naturalidad, sencillez, carácter humano y afectuoso, etc.[6]

    ABADESA


    Durante once años, o sea hasta que se cumplieron los veinte desde la fundación del convento, fue Sor María abadesa por nombramiento de los superiores religiosos. Después que se concedió derecho de elección a la Comunidad, fue elegida trienio tras trienio, hasta su muerte. Sólo una vez consiguió la interesada, recurriendo al Nuncio Rospillosi, que no se diese la dispensa para reelegirla nuevamente, y así estuvo un trienio, de 1652 a 1655, sin ser abadesa.

    El gobierno de la Venerable fue mezcla de prudencia, suavidad y eficacia, un medio entre el nimio celo y la demasiada blandura.[7] Estuvo treinta y cinco años al frente de la Comunidad.

    También en lo temporal se conoció la eficacia de su gobierno. En el primer año de su cargo decidió edificar nuevo convento, fuera de los muros de la villa y cerca del convento de los franciscanos. Lo comenzó con tan pocos medios, que sólo disponía de cien reales, que le prestó un devoto. La construcción tardó siete años. Lo hizo muy capaz, con hermosa iglesia y todas las oficinas necesarias. La traslación de las monjas al nuevo convento se verificó en 1633 y se celebró con gran pompa. Cuando en el interrogatorio inquisitorial se insinuó a la Venerable que había violado el voto de clausura con sus viajes a las Indias, ésta respondió con gracia que ella no había salido de la clausura más que una sola vez, y ella en procesión, al trasladarse del convento viejo al nuevo.

    Cuando Sor María entró a gobernar, no llegaban las rentas a sustentar doce religiosas. A su muerte quedó renta fija para sustentar a treinta y tres.

    En 1652 el convento concepcionista de Ágreda se convierte a su vez en convento fundador. La Venerable cede cuatro de sus religiosas para una nueva fundación concepcionista en Borja (Zaragoza). Existen cartas de la Venerable a la nueva Comunidad, que han sido publicadas recientemente.[8]

    LOS DIRECTORES ESPIRITUALES


    Dada la parte importante que los confesores y directores espirituales jugaron en la vida espiritual de la Venerable, parece obligado detenerse en este punto. Sor María fue un alma poseída durante toda su vida de un «excesivo temor» (RA 20). Temor de errar, de extraviarse. Por ello se asió firmemente a la obediencia, a la dirección de los representantes de Dios. «Jamás -dirá ella- me he aquietado sin este norte».[9] Al director manifestaba toda su conciencia, las gracias y favores del Señor, y nada obraba sin su aprobación y consejo. En el monasterio de Ágreda se conservan todavía inéditas las Sabatinas, o sea las cuentas de conciencia que cada sábado daba por escrito al director. Tenía muy metida en el alma la frase del Señor en el evangelio: «Quien a vosotros oye, a mí oye; quien a vosotros obedece, a mí obedece».

    Huelga decir que todos sus directores y confesores, así como sus superiores eclesiásticos, fueron de la Orden Franciscana, pues las religiosas estaban sujetas a la jurisdicción de los superiores religiosos de la Orden a la que pertenecían o a la que estaban adscritas; y la Orden de la Concepción, casi desde sus mismos inicios, se puso bajo la tutela de la Orden de San Francisco.

    Durante el noviciado tuvo un confesor que a todas sus peticiones de permiso para hacer penitencias contestaba con un «no». Sor María ponderaba después el bien que la hizo.[10]

    Durante el período de las exterioridades tuvo varios confesores, cuyos nombres conocemos por sus respuestas al interrogatorio inquisitorial. Helos aquí: el ya citado Fr. Juan de Torrecilla, Fr. Juan Bautista de Santa María y Fr. Tomás Gonzalo.

    Con la intervención del Provincial Fr. Juan de Villalacre para poner orden en las cosas de la Venerable comienza un largo período de veinticuatro años en que es dirigida por el P. Francisco Andrés de la Torre. Este Padre la dirigió, pues, desde 1623 hasta 1647, año en que él murió. Durante su mandato, Sor María escribió por primera vez la Mística Ciudad; en alguna ausencia suya, por indicación de otro confesor accidental, la quemó, volvió a rehacerla parcialmente, a la muerte de él la volvió a quemar, etc.[11] Samaniego nos informa que el rey Felipe IV quiso nombrar Obispo a este Padre, pero él renunció por atender mejor a la dirección de la Venerable.

    En las cartas de Sor María al rey hay constancia de órdenes que le daba este Padre respecto a consultar al cielo ciertos asuntos o consignar noticias con visos de sobrenaturales.[12] También en la Mística Ciudad, como es sabido, hay constancia de consultas que hacía a Dios o a la Virgen por orden del confesor.

    Después de la muerte de este director estuvo por algún tiempo sola, o sea sin director. Es en este tiempo cuando se queja al rey de que la Orden Franciscana no guarda secreto de sus cosas como debiera.[13]

    Fue también ahora, en este "interregno" de director, cuando fue sometida al interrogatorio inquisitorial. En carta al rey alude al hecho y hace referencia a los sucesos de su juventud sobre los que versó principalmente dicho interrogatorio:

    «En mi negocio no hay novedad más que lo que escribí a V. M.; cuando me vino aquella visita me hallé tan sola y sin consejo, que me pareció forzoso acudir al amparo del Prelado, que es el P. Manero. El Señor me envió este trabajo cuando no hay confesor ni religioso ninguno que sepa mi interior, por haberse muerto los que se le había comunicado. Por cuenta del Altísimo y de la Reina del cielo he puesto mi defensa; si quieren que padezca, gozosísima abrazaré la cruz. Por lo que a V. M. amo y estimo, le quiero declarar que, por sola la bondad de Dios, me hallo libre la conciencia y voluntad en las materias espirituales, aunque no sin temor de si he errado, como mujer ignorante y por haber comenzado el camino de la virtud y a señalarse la misericordia de Dios conmigo siendo muy niña».[14]

    Por fin, el mismo año de 1650 entra a dirigirla el P. Andrés de Fuenmayor, que la dirigió hasta la hora de la muerte. De éste dice ella que está contenta, porque guarda secreto:

    «Mi confesor partió ya a su jornada; es muy docto y ha tenido dos veces el oficio de Provincial, y lo que me consuela es que guarda grande secreto en mis cosas».[15]

    Bajo la dirección de este Padre se encontraba Sor María cuando, por orden suya, escribió la redacción definitiva de la Mística Ciudad. El P. Fuenmayor sobrevivió bastantes años a su dirigida, escribió una vida de ella y deposiciones testificales, que existen manuscritas.

    CORRESPONDENCIA EPISTOLAR CON EL REY

    No hay duda que uno de los episodios más simpáticos de la vida de Sor María es el de sus relaciones con el rey Felipe IV, con quien mantuvo correspondencia epistolar por espacio de más de veinte años (1643-1665). Desde luego que las relaciones de Sor María con el rey de España no son más que un capítulo, el más importante si se quiere, en el conjunto de las múltiples relaciones y de la variadísima y dilatada correspondencia epistolar que sostuvo la Venerable con múltiples personajes de su tiempo. Sor María escribió cartas a Papas, Reyes, Generales de Órdenes religiosas, Obispos, nobles y a toda clase de personas de la Iglesia y de la sociedad. Aun dando por descontado que mucha de esta correspondencia se ha perdido, no puede uno menos de admirarse al considerar el volumen, la extensión, la calidad y variedad de su actividad epistolar y literaria. Bien pudo hablar Sandoval de «Un mundo en una celda». Pero vengamos al tema de su correspondencia con Felipe IV.

    En julio de 1643 Felipe IV se detiene en Ágreda, de paso para Zaragoza. Visita a Sor María y le propone su idea de mantener correspondencia con ella. El rey le escribirá a media margen, a fin de que la contestación de la monja vaya en el mismo pliego. Y, según lo acordado, a los pocos días le escribía el rey desde Zaragoza su primera carta. Así se inició esta célebre correspondencia, que no se iba a truncar sino con la muerte de la Venerable. La edición de Silvela consta de 614 cartas, de las cuales 314 son de la monja, y el resto, del rey.[16]

    ¿Qué buscaba Felipe IV cuando llamó a las puertas de aquel monasterio? Ayuda sobrenatural, sin duda, pues que los medios humanos y naturales le iban faltando por momentos. El panorama de la monarquía española era inquietante: Cataluña sublevada, guerras y reveses con Francia, Flandes, Italia, Portugal; falta de medios y recursos para atender a tantos "empeños"... El rey acababa de apartar de sí al omnipotente valido conde duque de Olivares, a quien la opinión popular culpaba de todos los desastres. Pero solo y sin valido, el abúlico Felipe IV ¿qué podía hacer? La conciencia le decía también que con su vida desarreglada tenía a Dios ofendido. En semejante aprieto acude, pues, a un alma santa, confiando que con sus oraciones, valimiento ante Dios, luces y consejos, le ayudará a salir de aquel laberinto.

    Sor María no defraudó las esperanzas que el rey depositara en ella. Con fidelidad y perseverancia ejemplar fue contestando a las cartas reales y desplegando por este medio una verdadera labor de reeducación cristiana del monarca; al mismo tiempo, no deja de darle consejos atinados en cuestiones de orden político o militar que el monarca le expone. Así, por ejemplo, en un momento en que el rey se sentía tentado a hacer caso omiso de los fueros de Aragón, Sor María le advierte que no lo haga por nada del mundo.[17] Cuando el rey quería hacer extensiva a Aragón la jurisdicción de la Inquisición, Sor María le aconsejó aplazase este asunto, por ser inoportuno en aquellos momentos; lo esencial entonces era conseguir la cooperación aragonesa, para lo cual había que alejar los puntos de fricción.[18] Después de reconquistada Barcelona, la monja le aconseja que ponga allí ministros que se avengan bien con los naturales, etc.[19] Silvela ha llegado a decir que la monja de Ágreda, con su clarividencia e instinto, salvó la unidad de España en aquella hora verdaderamente crítica y decisiva.[20]

    En el orden internacional, alentó al rey a hacer las paces con Francia. Y, efectivamente, tuvo el consuelo de ver logrado este objetivo al firmarse la Paz de los Pirineos. Sor María tiene una preocupación constante y general por aconsejar la paz. No le cabe en la cabeza que por poseer una plaza mueran tantos hombres redimidos por Cristo: «Por defender cosas terrenas, plazas o reinos (que viene a importar poco los tengan unos u otros) se derrama tanta sangre de cristianos, mueren millares de millares de hombres, gastan los reyes sus haciendas, tienen a los pobres vasallos oprimidos, llenos de tributos...».[21]

    La preocupación por los pobres, el transmitir al rey las quejas, vejaciones y trabajos de éstos, es otra de las constantes que se advierten en estas cartas. Incluso llega a decir que el estado eclesiástico siente poco la necesidad de la paz, porque a él no le alcanzan las consecuencias de la guerra, que tanto afligen a los pobres.[22]

    Según parece, más de una vez se sintió Sor María desalentada y tentada de suspender aquella correspondencia, sobre todo viendo la poca enmienda del rey (cosa que a ella no se le ocultaba, pues estaba al corriente de las cosas de la Corte); pero le sostuvo un fuego de amor o ardor, que ella creía infuso, y que le impelía a trabajar por aquella monarquía, cuya causa veía identificada con la de Dios y la de su Iglesia.

    El rey, por su parte, casi constantemente repite en sus cartas el alivio que recibe con la correspondencia de Sor María, el gozo con que se toma el trabajo de escribirle, la dicha que supuso para él el haberla conocido, la pena que siente cuando la monja tarda en contestar, etc. Sin duda, lo que confortaba y conmovía al rey era sobre todo el ver la íntima compenetración y el sincero interés con que aquella alma de Dios se afanaba por su bien y por la causa de su monarquía. Véanse algunos pasajes:

    «En todas las cartas que me escribís hallo nuevos motivos de agradecimiento, pues reconozco con claridad el amor que me tenéis y los deseos tan vivos de mi mayor bien, así espiritual como temporal. Esto me alienta mucho en medio de los cuidados con que me hallo, que es gran alivio en ellos saber que se tiene quien los desea aminorar y quien lo procura por tan seguro y cierto camino, como el de la oración».[23]

    «Con mucho gusto he recibido vuestra carta, como me sucede con todas las que me escribís, y en verdad que no encubren el amor que me tenéis y lo que deseáis mis aciertos, pues todo lo que me referís en ellas lo declara bastantemente. Yo os lo estimo y agradezco mucho, y vuelvo a encargaros continuéis esta buena obra que me hacéis, lo cual espero me ha de valer mucho; y no os descuidéis en trabajar ni os desanime el juzgaros tan humilde instrumento, pues Dios quiere más a éstos que a los soberbios».[24]

    «Harto deseo tuve la semana pasada de responder a vuestra carta, pero no me fue posible por concurrir muchos negocios al tiempo de partir la estafeta; sentílo mucho, porque no hay mejor rato para mí que el que hablo con vos, en la forma que es posible. Estímoos y agradézcoos mucho, Sor María, cuanto me decís y el afecto y deseo que mostráis de mi mayor bien, en que reconozco cuán fina y verdadera es la amistad que profesáis conmigo, pues cualquier renglón de vuestra carta lo está diciendo a voces y, particularmente, las santas y verdaderas doctrinas que me dais en ellas, encaminado todo a mi salvación, que es el único fin a que debemos aspirar».[25]

    Un rasgo que delata la finura de alma de Sor María es el absoluto desinterés con que sirvió al rey. Queremos decir que nunca se aprovechó de sus relaciones con él para recabar ventajas temporales a favor suyo, de su convento o de sus familiares. A lo que parece, el hermano mayor de la Venerable, Francisco, quiso valerse del influjo de su hermana para llegar a ser Obispo; incluso llegó a tener una audiencia con el rey. Sor María, que no pudo hacerle desistir de sus intentos, avisa de antemano al rey de la visita; dícele que le dé buenas palabras y le despida, pero sin tomar en serio sus pretensiones.[26]

    EL EXAMEN DE LA INQUISICIÓN

    En las páginas anteriores hemos aludido varias veces al interrogatorio inquisitorial a que fue sometida la Venerable. La Inquisición española abrió proceso por primera vez en el asunto de la Venerable en 1635. Pero por entonces parece que se limitó a hacer algunas preguntas a diversos testigos e informantes, quedando la cosa en suspenso durante muchos años.

    Pero en 1649 se reanuda el examen. Al trinitario P. Antonio Gonzalo del Moral se le manda ir a Ágreda como calificador del Santo Oficio e interrogar a la Venerable ante notario a base de un cuestionario de ochenta preguntas, la mayoría de las cuales se refieren a sus supuestos viajes a Indias. Sor María reconoce que en aquellos años de las exterioridades, como había oído hablar de la evangelización de los indios, creía a veces ser llevada allí y que les predicaba; pero siempre abrigó dudas sobre la realidad de tales hechos. Por otra parte, Benavides y otros Padres respetables dieron el hecho por inconcuso y le hicieron firmar el famoso Memorial. Le amedrentaron diciéndole «que podía caer en la herejía de Pelagio, atribuyendo a la naturaleza lo que era sobrenatural». «Me rendí -dice ella- más a la obediencia que a la razón». En las respuestas de la Venerable vemos el juicio que muchos años después tenía ella formado sobre el período de las exterioridades. Al decir ella a los confesores los favores que le hacían los ángeles, le ordenaban por obediencia que preguntase los nombres de dichos ángeles, y dijo algunos, etc.

    Por lo que del interrogatorio se deduce, todo esto de los viajes a Indias se originó de una carta del P. Francisco Andrés de la Torre, director de la Venerable, al Arzobispo de Méjico, dan Francisco Manso de Zúñiga, en la que le decía que averiguase si en Nuevo Méjico sabían de una monja que andaba haciendo conversiones. Más tarde vino de allí Fray Alonso de Benavides diciendo que, efectivamente, había sido vista, y dando detalles. Este redactó un Memorial que fue difundido ampliamente. Al preguntarle el calificador a Sor María por qué firmó el Memorial de Benavides, contestó que cuando firmó estaba turbada, que puede afirmar que casi firmó lo que no sabía, y pensaba que ella erraba y ellos acertaban: al verse ante tantos Padres graves no supo hacer otra cosa. Añadió que los frailes y las monjas dispusieron el cuaderno como quisieron, y de su información temerosa hicieron poco caso. Decían que tenía temores imprudentes y escrupulosos.

    En fin, agregó Sor María que acerca de esta cuestión de su ida a Indias más de una vez pensó hacer una declaración verdadera por escrito, viendo cuán variamente hablaban, y en algunas cosas abultaban la verdad; pero creyendo que el tiempo lo olvidaría puso todo su cuidado en quemar los papeles que había hecho.

    El calificador Fr. Antonio Gonzalo del Moral, trinitario, cierra el expediente haciendo una declaración sobre el alto concepto que se ha formado de la interrogada y excusando el asunto de la ida a Indias por las circunstancias en que todo aquello se escribió.

    Cabe preguntar qué es lo que movió a la Inquisición a proseguir ahora una causa que durante muchos años había estado semiolvidada. Parece que la ocasión fue la siguiente: el duque de Híjar había estado procesado por conjuración contra el rey, y durante el proceso presentó, a modo de descargo, una carta de la Venerable. También el P. Monterón, franciscano, había sido puesto en prisión porque en sus sermones hablaba de revelaciones que anunciaban desgracias al rey. De hecho, en el interrogatorio se le preguntó a la Venerable sobre sus relaciones con el duque de Híjar y con el P. Monterón.[27]

    ÚLTIMA ENFERMEDAD Y MUERTE


    La Venerable fue siempre de salud delicada y padeció diversos achaques y enfermedades. Silvela ha contado las sangrías de que ella hace mención en sus cartas, y resultan setenta y una en el espacio de catorce años. En carta de 19 de noviembre de 1660 habla al rey de que ha padecido una grande enfermedad, ha echado sangre por la boca, etc. En la de 6 de junio de 1661 habla de vahídos de cabeza que le quitan la vista y le dan congojas mortales, etc.[28]

    La última enfermedad, según el biógrafo,[29] fue ocasionada por una fiebre y una apostema en el pecho. Fueron once días en total los que tuvo que guardar cama. En todos ellos sirvió de edificación general a las religiosas, a las que, por insinuación del confesor, y viendo que lloraban amargamente, habló en estos términos al momento de recibir la extremaunción:

    «"Hermanas, no hagan eso; miren que no hemos tenido otro trabajo y que se deben recibir con igualdad de ánimo los que Dios envía; si Su Majestad quiere que nos apartemos, cúmplase su santísima voluntad. Lo que yo les ruego es que sirvan al Señor guardando su santa ley, que sean perfectas en la observancia de su regla y fieles esposas de Su Majestad, y procedan como hijas de la Virgen Santísima, pues saben lo que la debemos y es nuestra Madre y Prelada.[30] Tengan paz y concordia entre sí y ámense unas a otras. Guarden su secreto, abstráiganse de criaturas y retírense del mundo: déjenlo antes que él las deje. Desengáñense de las cosas de esta vida y trabajen mientras tienen tiempo; no aguarden a este lance último cuando impide tanto el gravamen de la enfermedad y postración de la naturaleza. Cumplan con sus obligaciones, que con eso tendré yo menos purgatorio de tantos años de prelada. Si procedieren así recibirán del Señor la bendición, y yo se la doy".

    »Entonces, levantando la mano y formando sobre ellas la señal de la cruz, dijo: "La virtud, la virtud, la virtud les encomiendo".

    »Luego fueron llegando sucesivamente una después de otra a pedirle en particular su bendición, y a cada una dio la amorosa Madre las advertencias y consejos que en particular le convenían, cuya eficacia y acierto maravilloso cada una, en lo que a sí toca, testifica».[31]

    Fue asistida en los últimos momentos por el Provincial Samaniego y por el mismo General de la Orden, P. Salizanes, que yendo de camino a Santo Domingo de la Calzada para presidir el capítulo que tenían que celebrar las provincias de Burgos y Cantabria, se desvió a Ágreda y así pudo estar presente en la muerte y exequias de la Venerable. Murió ésta el día de Pentecostés, 24 de mayo de 1665, a la hora de tercia. A sus exequias concurrió numeroso gentío, pues era generalmente estimada. A los pocos meses, como si la falta de su fiel y sincera amiga le hubiera abatido, moría también Felipe IV.

    El monasterio de la Concepción de Ágreda, a los tres siglos de estos hechos, mantiene vivo y operante el recuerdo de la Venerable. Dentro de sus muros se conservan religiosamente numerosos objetos relacionados con ella. Desde luego, los ocho libros de la Mística Ciudad, autógrafos, y profusión de otros escritos y documentos. El cuerpo de la Venerable, depositado en una preciosa urna, y el de su madre, Catalina de Arana. La tribuna adonde se retiraba. La celda que habitó, con dos ventanas, una hacia el Moncayo y otra hacia al Norte. El hábito franciscano que llevaba por dentro, además del de su Orden Concepcionista. Casullas bordadas por ella, etc., etc. Efectivamente, Sor María fue de reconocida pericia y habilidad para labores de manos y entendía en achaques de paños y telas, como lo evidencia en la Mística Ciudad al hablar del vestido que con sus manos hiló y tejió la Virgen para el Niño Jesús (MCD, P. II, n. 686).

    Sor María, como tantos otros casos relevantes de la espiritualidad cristiana, es la realización más cumplida de aquella paradoja evangélica según la cual de la muerte brota la vida; de la contemplación, la acción; y la prueba fehaciente de que la vida escondida en Cristo es el resorte más poderoso del verdadero amor al prójimo.

    Sobre la Mística Ciudad de Dios dice su autora en su parte III, cap. 23, n. 791: «Esta divina Historia, como en toda ella queda repetido, dejo escrita por la obediencia de mis prelados y confesores que gobiernan mi alma, asegurándome por este medio ser voluntad de Dios que la escribiese y que obedeciese a su beatísima Madre, que por muchos años me lo ha mandado; y aunque toda la he puesto a la censura y juicio de mis confesores, sin haber palabra que no la hayan visto y conferido conmigo, con todo eso la sujeto de nuevo a su mejor sentir y sobre todo a la enmienda y corrección de la santa Iglesia católica romana, a cuya censura y enseñanza, como hija suya, protesto estar sujeta, para creer y tener sólo aquello que la misma santa Iglesia nuestra Madre aprobare y creyere y para reprobar lo que reprobare, porque en esta obediencia quiero vivir y morir. Amén»


    Fuente: http://www.franciscanos.org/enciclopedia/mjagreda.htm

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  2. #2
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    Predeterminado Re: Sor María de Ágreda

    Esto lo agrego para ampliar un poco el tema de los supuestos casos de bilocacion atribuidos a sor maria de agreda, que en definitiva, es lo que mas nos interesa a los que nos atraen estos fenomenos, no edito el thread inicial porque se me muere la conexion...

    Sor María de Jesús, tenía un gran celo por “salvar almas para el Señor”; desde su más tierna edad, Dios le concedió tener una visión del alma en gracia santificante y del alma en pecado mortal que marcó totalmente su vida, desde ese momento María Coronel Arana ya no sería la misma. A partir de allí, su espíritu se encumbraría a buscar sólo a satisfacer a su Amado, a entregarse por entera a Él.

    El Señor le favoreció con fenómenos exteriores, pero todos estos fenómenos místicos extraordinarios cesaron, para dar paso a una concentración de lo sobrenatural en su interior, el cual se manifestó con el fenómeno único de la bilocación que le hacía actuar a distancia de miles de kilómetros en las tierras americanas de Nuevo México. Era el año 1622. Sor María tenía sólo 20 años.

    La bilocación que trasladó a Sor María desde su retiro de Ágreda sobre el Atlántico hasta América fue en su tiempo algo que causó el más grande estupor, no sólo en España sino en las mismas Indias, donde ha perdurado hasta nuestros días la fama de la dama azul del Oeste que evangelizara vasta zonas de Nuevo México.
    Los obstáculos a la acción de los misioneros eran duros. Ante todo la hostilidad de las tribus indígenas, luego la dificultad de las lenguas autóctonas- diferentes y extrañas en su estructura-, las grandes distancias, etc. Es cuando se inician las inexplicables actuaciones de la legendaria “dama de azul” que prepara a los indios a la recepción del bautismo.

    De estos sucesos dejó ella misma una narración: "Paréceme que un día, después de haber recibido a nuestro Señor, me mostró Su Majestad todo el mundo, y conocí la variedad de cosas criadas; cuán admirable es el Señor en la universidad de la tierra; mostrábame con mucha claridad la multitud de criaturas y almas que había, y entre ellas cúan pocas que profesasen lo puro de la fe, y que entrasen por la puerta del bautismo a ser hijos de la santa Iglesia. Dividíase el corazón de ver que la copiosa redención no cayese sino sobre tan pocos. Conocía cumplido lo del Evangelio, que son muchos los llamados y pocos los escogidos...
    Entre tanta variedad de los que no profesaban y confesaban la fe, me declaró que la parte de criaturas que tenían mejor disposición para convertirse, y a que más su misericordia se inclinaba, eran los del Nuevo México y otros reinos remotos de hacia aquella parte. Él manifestarme el Altísimo su voluntad en esto, fue mover mi ánimo con nuevos afectos de amor de Dios y del prójimo, y a clamar de lo íntimo de mi alma por aquellas almas.” Era el ardor misionero de Sor María de Jesús.

    Desde el año 1622 al 1625 se hizo presente, como evangelizadora, lo menos 500 veces -dice en las primeras declaraciones- en las provincias de Quiviras, Jumanas y otras zonas de Nuevo México (actualmente estas zonas se encuentran ubicadas en los estados de Nuevo México, Texas y Arizona de los Estados Unidos de Norteamérica) hasta que la fama que iban adquiriendo tales hechos le aconsejó pedir a Dios que cesaran estos dones, cosa que consiguió. Los indígenas le llamaban "la dama de azul", por el manto celeste de concepcionista que llevaba. Predicó a muchos el Evangelio y hasta sufrió una especie de martirio. Por entonces ya había misioneros franciscanos en aquellas regiones. Y sugirió a los indios que se presentaran a los misioneros para que, una vez evangelizados, toda la región pudiera recibir el bautismo. Se asombraron los misioneros de ver tanta gente dispuesta y comenzaron a indagar dónde podría vivir aquella "dama de azul" que decían los nativos.

    El año 1630 Alonso Benavides vino a España, se dirigió al ministro general de los Frailes menores, Bernardino de Sena, y le refirió aquella historia de la evangelización de Nuevo México. Y como ya la conocía por otras referencias, le envió al convento de la Purísima Concepción de Ágreda para que comprobase la veracidad de tales revelaciones. Benavides atestiguó que la "dama de azul" no era otra que María de Ágreda y así lo consignó en sus memorias.

    De estas bilocaciones se hizo un doble proceso de la Inquisición en los años 1635 y 1650.

    Sor María de Jesús de Ágreda no sólo fue misionera ella, sino que fue sembradora de inquietudes misionales e inspiradora de vocaciones de grandes y santos misioneros. Conocemos del Beato Junípero Serra (1713-1784), el gran evangelizador y colonizador de California (EE.UU.), que llevaba siempre consigo la Mística Ciudad de Dios y que él continuaría en California, la obra comenzada por Madre Ágreda en Nuevo México. El Venerable José de Carabantes, (Fr. José Velázquez Fresnada, 1628-1694, cuya causa de beatificación se introdujo en 1910), debe su vocación misionera a María de Ágreda, quien le orientó e inculcó este gran servicio a Dios, al ir éste a consultarle sobre la voluntad del Señor en su vida; su misión se desarrollo en Cumaná (Venezuela). Fr. Antonio Margil de Jesús (1657-1726), evangelizador de México, Nicaragua, Guatemala, Costa Rica y Texas, solía leer cada noche un capítulo de la Mística Ciudad de Dios.

    En nuestros días María de Ágreda continúa inspirando la labor misionera en la Iglesia Católica. Hace más de 50 años el Padre James Flanagan, un sacerdote de la Arquidiócesis de Boston, leyó la versión en Inglés de la Mística Ciudad de Dios. Influenciado por el Evangelio y el libro de la MCD, fundó junto con el Padre John McHugh, la Sociedad de Nuestra Señora de la Santísima Trinidad, SOLT (por sus siglas en Inglés) oficialmente el 16 de Julio de 1958 en la Arquidiócesis de Santa Fe en Nuevo México. Desde su inicio ha tenido muchos seguidores, y actualmente esta Sociedad Apostólica expande su labor misionera en parte de América, Europa, Asia y Oceanía.

    El Prefecto de la Congregación para la Causa de los Santos, Monseñor Ángelo Amato, en una visita no oficial al Monasterio de Sor María de Jesús, recalcó ésta faceta misionera de la Madre Ágreda y exhortó a los feligreses a ser misioneros en el estado o vocación en la cual cada uno ha sido llamado por Dios.

    La Dama de Azul sigue viva en el corazón de sus fieles devotos, quienes le profesan una gran devoción, no por lo “extraordinario o sobrenatural” de sus bilocaciones, sino por el amor con que anunció y sigue anunciando el Evangelio: “las maravillas que Dios hace con los hombres”(Sal 106).


    Fuente: http://mariadeagreda.org/rdr.php?cat=35&n=1
    Última edición por BUSTER; 13-02-2011 a las 21:19

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