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Tema: Remedio para maldades

              
   
  1. #1
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    Predeterminado Remedio para maldades

    Son varias las historias que explican la presencia de un palo grueso, como de un metro de largo que estuvo colgado de una alcayata durante muchos años sobre la pared de una casa situada en una calleja del centro de la Ciudad de México. Por ese detalle, dicen, a esa calle se le llamó: "Callejón del Garrote".
    Una de esas historias, si no la más verídica, sí la más curiosa, narra que en la época de María Castaña, hace muchos años, en ese lugar se reunían vagos y malvivientes para urdir sus pillerías, beber alcohol y armar escándalos.
    El causante de este desorden era Genaro Bojórquez, un pícaro de 15 o 16 años, que vivía en esa calle, y quien a pesar de su corta edad era muy conocido por sus delitos. Todos los truhancillos aquellos lo tenían por su líder.
    En un cuchitril vivía Genaro con su pobre madre, Doña Panfilita, una mujer de edad avanzada que sólo tenía a ese hijo, a quien quería mucho, pero no dejaba de reconocer sus defectos.
    Ella misma contaba a sus vecinas lo malvado que el muchacho había sido desde niño, pues apenas anduvo fue el verdugo del gato de su casa: lo pellizcaba hasta arrancarle los pelos y le jalaba la cola, y cuando el felino lo rasguñó, el chiquillo lo arrojó al pozo; y el minino se ahogó, mientras él se reía.
    Ya más grande, golpeaba sin motivo y con saña a otros niños, pues le gustaba verlos sufrir y sangrar, y como siempre había sido muy alto y fuerte, no había quien pudiera con él. Su maldad era tal, que a los siete años empezó a hurtar, primero a su madre, que apenas ganaba unos pesos lavando ropa. Luego solía meterse a las casas vecinas y llevarse lo que podía, desde monedas hasta gallinas. Vendiendo lo que hurtaba, se puso en contacto con la gentuza que ahora frecuentaba.
    Los vecinos estaban muy fastidiados de aquellos rufianes, que no sólo ensuciaban la calle con basura, escupitajos y orines, sino que además agredían a los niños y jóvenes que ahí vivían, a quienes les quitaban sus pertenencias. A las niñas, adolescentes y señoras avergonzaban con sus vulgaridades.
    Las autoridades de entonces, con sus alguaciles y corchetes, nada podían hacer en contra de aquellos delincuentes, pues si alguna vez llegaban por ahí, los pillos huían trepando las paredes y cruzando por azoteas. Si alguna vez era atrapado alguno y encarcelado, no tardaba en salir libre y volver a delinquir.
    La madre de Genaro, avergonzada ante sus vecinos por la conducta de su hijo, le suplicaba inútilmente que cambiara sus hábitos.
    -¿Porque eres así, Genaro?- le decía Panfilita con lágrimas sobre sus mejillas.
    -Así nací, así soy; si no le gusta, me voy- contestaba el descarado.
    La mujercita amaba a su hijo aunque fuera un delincuente y por nada del mundo quería que se marchara.
    Lo que más deseaba era que aquel muchachote, tan inquieto, tan fuerte, llevara su vida por mejor camino.
    Pero de nada habían valido los regaños, rezos, novenarios y hasta extenuentes caminatas a la Villa de Guadalupe, hechos por Panfilita: Genaro seguía de pillo.
    Alguien le dijo que consultara a la Madre Juliana, una india muy anciana que tenía fama de bruja, capaz de hacer cosas increíbles. Y aunque la hechicera le daba temor, decidió buscar a Juliana con tal de lograr algún resultado. Así pues, salió una mañana rumbo a Tacubaya, donde vivía la hechicera, con una esperanza pequeña, y regresó por la tarde con una tranca grande.
    Una vecina al verla cargando aquel palo, que casi era de la estatura de Panfilita, le preguntó:
    -¿Para que qué lo quiere, vecina?
    -Es un remedio-contestó la mamá de Genaro con una grán sonrisa.
    Ese día al anochecer, cuando el borlote de los pillos empezaba a hacerse en grande, salió la señora a la puerta de su casa cargando aquel palo misterioso.
    Genaro bebía y chanceaba, presidiendo el alboroto. Su madre lo llamó con dulzura: "Genaro, hijito, ven. Alguien te busca".
    El muchacho no era obediente, pero acudió al llamado de su mamá, pensando que se trataba de algún compinche que había robado algo y quería mostrárselo dentro de la casa para no ser visto.
    Cuando Genaro cruzó el umbral de la casa, la señora aventó el garrote dentro y luego cerró la puerta con llave.
    De inmediato se empezaron a escuchar los gritos.
    -¡Ay! ¡Ayyayay! ¿Quien...? ¡Ay! ¡Déjame...! ¿Quién es...? ¡Espíritu maldito, demonio o lo que seas! ¡Ay! ¡Ay! ¡No, ya no me pegues por favor! ¡Ay, ay, ay!
    Al oir el escándalo, sus amigos trataron de abrir la puerta, pero no pudieron; era un pequeño zaguán muy bien puesto y macizo, de mezquite.
    También algunos vecinos salieron a ver qué pasaba y le preguntaron a la madre de Genaro; ella lloraba pero parecía contenta.
    -Están curando a mi hijo- contestó con cierto orgullo.
    Despues de un buen rato, la señora abrió la puerta y aquel muchachote feroz salió como un corderito, pero uno muy lloroso y asustado que decía temblando y con ojos desorbitados: "¡Ese maldito palo me ha golpeado!"
    El madero estaba ahí tirado en el piso, inmóvil y para nada parecía algo sobrenatural.
    Algunos amigos de Genaro creyeron que estaba loco; otros se avergonzaron de ver a su líder lloriqueando, y varios más procuraban que no se les notara que estaban asustados, creyendo que el garrote podía hacerles lo mismo a ellos. Todos se fueron.
    Doña Panfilita, muy satisfecha, colgó el garrote fuera de su casa y luego entró con su magullado hijo para ponerle fomentos en su dolorido cuerpo.
    Desde ese día Genaro, al entrar a su casa, le decía al palo: "Me porté bien, me porté bien".
    Y cuando no era cierto, dicen que aquel garrote desaparecía de su lugar y adentro se empezaban a escuchar los gritos y lamentos del muchacho. Eso sucedió muy pocas veces, porque Genaro pronto encontró una ocupación que le gustó mucho y decía muy contento:
    -¡Me encanta, y además me pagan!
    Pues sí, porque trabajaba en un taller de canteros.
    En muy poco tiempo logró hacer piezas notables; con sus manos fuertes, hacía que el cincel y el marro sacaran a la piedra figuras de santos, angelillos, leones, gárgolas, columnas con sus capiteles, estatuillas y bustos de héroes; también hacía marcos sólidos para portones con sus respectivos escudos que enunciaban el linaje de los que iban a habitar alguna casa. Lo que más le gustaba era esculpir fuentes y se sentía muy orgulloso al verlas funcionar, borboteando chorros de agua que se deslizaban con figuras de peces o ninfas, también hechas por él.
    Genaro, en algunos años, se hizo fama de gran artesano y de bastante dinero, y él y su madre se mudaron de casa. Dicen que el garrote ahí se quedó y que la acción del tiempo lo destruyó. Pero en otra versión de la historia cuenta que alguien de otra colonia, al saber de su poderes curativos para quitar vagos de las calles, se lo llevó...Hay quien dice que en la actualidad algunas personas lo buscan con la ilusión de ver si aún existe, para intentar con ese remedio sobrenatural librarse de las pandillas, que hacen de las suyas en muchas zonas de nuestra ciudad.

    Fuente: Leyendas mexicanas. Seelección de Mario Rodríguez. Editores mexicanos unidos
    Última edición por elbotas2008; 23/04/2012 a las 15:48

  2. Los siguientes 2 usuarios le dicen Gracias a elbotas2008 por éste post:

    LKT (23/04/2012),Tozja (23/04/2012)

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