Las calles se transforman, su apariencia cambia según la época, algunas casas permanecen, otras no. Ahí están derrumbando una casa que fue parte de una vecindad por varias décadas y en ella se inicia la historia que te voy a contar.
Se dice que durante muchos años tuvo esa vecindad una vivienda desocupada porque nadie la quería alquilar. La razón era que en una de sus paredes había una huella clarísima de una mano con seis dedos. Este dedo de más y el intenso color rojo que lucía, eran suficiente motivo para causar pavor a quien lo veía.
Si se trataba se limpiar aquella mancha con agua y jabón o con otra sustancia, se perdía en la humedad por un rato, pero en cuanto se secaba la pared, ahí estaba otra vez.
Si se pintaba encima, aunque fueran varias capas de pintura, por algunos días no se le veía, pero despues volvía a aparecer.
Una persona que rentó la vivienda y trató de tapar la huella con un retrato suyo, vio con terror que la mano siniestra aparecía sobre la imágen de su rostro enmarcado; y otro que se creyó más listo y le puso enfrente un ropero, a toda hora escuchaba como si alguien golpeara la madera del mueble.
Como se creía que aquello era cosa del diablo, se llevó al lugar un sacerdote, que roció abundante agua bendita; pero nada, ahí siguió aquella señal misteriosa.
Un día llegó un hombrecito encorvado, muy viejo y arrastrando con dificultad sus pies, cruzó el umbral de aquella casa y en el patio lo encontró la portera mirando en derredor, con lágrimas en sus mejillas.
Al preguntarle qué le sucedía, él le contestó con voz temblorosa y débil: "Aqui nací, señora", y señalando la vivienda desocupada, agregó: "En esa habitación".
-Me imagino que le gustaría entrar ahí, por el recuerdo, pero no sé...
El anciano la interrumpió: "sí, comprendo. Estará habitada, agradezco su gentileza".
-No, si desde hace muchos años está desocupada. Es que...-acercándose a él y con tono misterioso, continuó-: Ahí hay una cosa...(se persignó). ¡La huella de una mano con seis dedos sobre una de sus paredes!
Los ojos apagados del anciano se iluminaron con un brillo instantáneo y con visible emoción, exclamó: "¡Lléveme allá, se lo suplico!"
La mujer ayudó al pobre viejo que temblaba de inquietud por ver aquello que a todos causaba temor. Lo dejó en la vivienda y al cerrar la puerta se quedó a observar por el ojo de la chapa. Y vio cómo el nonagenario puso su mano flaca y trémula sobre la huella de aquella extraña mano invisible. También atestiguó cómo aquel cuerpo frágil se estremecía de gozo y una gran sonrisa le cruzaba el rostro arrugado, y cuando vio que movía los labios, pegó la oreja a la puerta para escuchar.
-...Sí, soy yo, hemos cumplido, hermanito, ya podemos irnos...-dijo el anciano, quien retiró su mano. Inexplicablemente la huella, que por tanto tiempo había estado ahí, desapareció, mientras aquel viejo suspiraba con satisfacción y caía al piso para morir.
Ese hombre que acababa de fallecer se llamaba Simón y había tenido un hermano gemelo, Roberto. Habían nacido en esa casa hacía más de noventa años, en 1899. En aquel entonces el lugar era una residencia señorial. La llamaban la casa del inglés porque el padre de los gemelitos había nacido en Inglaterra.
La gente de ese final de siglo pensaba que el mundo se iba a acabar, como sucede cuando se acerca la conclusión de un milenio. Circulan chismes, invenciones y dizque profecías que preocupan a los ingenuos.
Por escuchar esos rumores, Doña María Trinidad Zepeda de Crowen estaba muy preocupada por sus recién nacidos. Pensaba: "¡Pobrecitos!, si se acaba el mundo, ¿Que van a hacer?"
Pero pasó ese año y otro y otros y al planeta nada le sucedió. Lo que sí aconteció fue el inicio de una revolución.
En 1911, con once años cumplidos, a Simón y a Roberto se les acabó el mundo, el suyo. Todo el bienestar, los cuidados, mimos y lujos que habían disfrutado hasta ese momento, desaparecieron para siempre.
Su padre fue herido por una bala perdida en un tiroteo en plena calle, muy cerca de su casa, y su madre murió a los pocos días tratando de dar vida a otro hijo. También desaparecieron los negocios y propiedades de la familia, pues quedaron en manos de socios y administradores corruptos. Los gemelos tuvieron que refugiarse en casa de la familia de Jovita, su nana, que vivía en Saltillo, Coahuila.
Allá los localizó un pariente de su padre, que decidió llevar a Inglaterra solamente a uno de los niños.
Los gemelos eran muy unidos, siempre andaban juntos y eran tan parecidos que nadie, ni Jovita que los conocía tanto, los podía distinguir. Ambos tenían la piel muy blanca y salpicada de pecas rojizas, y tenían el pelo muy oscuro y lacio. Se movían igual y el tono de sus voces era idéntico, se divertían mucho haciéndose pasar el uno por el otro.
-Soy Simón, Jovita-decía riendo uno de ellos a la nana. Y ella, sospechando el engaño, le decía: "¿Sí? A ver, muéstrame la mano, ésa no, no te hagas el tonto, la otra". Roberto tenía seis dedos en la mano derecha.
Cuando supieron que iban a separarlos, lloraron mucho y juraron que se volverían a encontrar.
-¿Pase lo que pase, Simón?- dijo Roberto.
-Sí, no me voy a ir de este mundo sin despedirme de ti, hermano.
Roberto hizo una incisión en su mano derecha con una navaja; Simón hizo otra y unieron sus manos para sellar el pacto.
Los años pasaron, la agitación política y social que enfrentaba el país hizo que las cartas que se enviaban los muchachos fueran espaciándose cada vez más; además la incomunicación de agravó porque Simón se enlistó en las filas revolucionarias y en esa vorágine se olvidó un poco de su hermano.
Cuando la calma empezó a reinar y Simón ya era un hombre maduro, buscó a su hermano. Viajó hasta Inglaterra y con esfuerzo y dedicación lo encontró.
Ante una tumba leyó: "Roberto Crowen (1899-1932)".
Su querido hermano había fallecido. La viuda dijo a Simón que él también había tratado de localizarlo afanosamente, y que en la hora de su muerte, alargando la mano había dicho: "¡Simón, no me iré sin despedirme!".
Con el dolor de la pérdida, regresó a México Simón Crowen, y su vida inició otra etapa: se casó y tuvo una hermosa y numerosa familia. Su mundo fueron los hijos, los nietos y hasta los bisnietos; dos niños pecosos gemelos y que fueron la adoración del anciano desde que nacieron.
Federico y Alfonso, idénticos, con sus once años y sus trajes de gala, ante la tumba de su bisha, como le decían a Simón, comentan en voz baja, mientras un sacerdote habla:
-¿Será cierto lo que dijo mi papá de bisha?
-Yo creo que sí, se lo contó la portera de la casa donde murió. Ella vio y escuchó lo que pasó.
-Él y su hermano eran como tú y yo.
-Pues cuando yo me muera voy a regresar del más allá para asustarte.
A Federico le da risa y dice a su hermano:
-Entonces, mejor me voy a morir yo primero, para venir a jalarte las patas.
Algún adulto, muy serio y con el ceño fruncido, les indica con señales que callen, que en los entierros no debe haber pláticas ni risitas ni juegos. "Sí, el mundo de los adultos es otro", piensa Alfonso y sonríe a Federico, y ambos intuyen que no falta mucho para que ellos pertenezcan a "ese mundo"... ¿Y seguirán juntos? Esa idea es una pequeña sombra de tristeza igual a la que una nubecita solitaria que acaba de desprenderse de otra, y que el viento lleva hacia otro lado, en un cielo hermoso y claro que refulge de sol sobre un camposanto.
Fuente: Leyendas mexicanas. Seelección de Mario Rodríguez. Editores mexicanos unidos.



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