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    Predeterminado El Mito de Paititi

    MITOS :PIRÁMIDES , LAS AMAZONAS Y PAITITI
    Por Camilo Valdivieso

    Las zonas inexploradas de la jungla amazónica guardan un sin fin de mitos y leyendas que seducen las mentes de los más estrictos pensadores del mundo moderno. De esta forma cientos de hombres han dedicado su vida a tratar de comprobar una sutil brisa de realidad detrás de tanto misterio escondido en estos sectores inhóspitos del mundo.
    Paititi se alza como el más importante objetivo a concretar, y es de esta manera como se han llegado a tejer las más extrañas historias detrás de este gran mito americano, que no por nada ha llegado a traspasar las fronteras de todo el orbe.

    LAS PIRÁMIDES DE PARATOARI

    Hacía la tarde del 30 de diciembre de 1975, las zonas del parque nacional del Manú era fotografiada por el satélite geoestacionario de la N.A.S.A. Landsat II, el cuál se encargaba de explorar los sectores selváticos de esta reserva del Perú.
    Para sorpresa de los científicos una de sus fotografías denotaba la extraña presencia de unos puntos perfectamente simétricos que se extendían en un diámetro aproximado de 3 kilómetros en la cordillera del Pantiacolla (una de las últimas estribaciones andinas). Estos puntos a los que bautizaron "dots", parecían enseñar una geografía bastante diferente -a las accidentadas zonas del Madre de Dios-, ya que se podía llegar a observar lo que al parecer no correspondía a fallas naturales, si no a construcciones increíblemente desarrolladas, y en ¡un sector totalmente inexplorado por ser humano alguno!
    Al principio la incertidumbre era presa de todos los científicos por lo que decidieron utilizar el método del rayo infrarrojo que lograba captar más que el ojo humano, y el misterio se elevaba cada ves más ya que los dots aparecían de color blanco, demostrando que había algo más indescriptible en esos parajes del bosque tropical.
    De esta manera se hicieron análisis de todo tipo tratando de llegar a una conclusión objetiva detrás de tan importante descubrimiento, de esta forma decidieron enviar las fotos satelitales al "Interamerican Geographic Institute" donde el ingeniero cartográfico A.T, Tizando recalco lo sorprendente de las estructuras y defendió la teoría de que no podían haber sido creadas por la naturaleza, si no por el hombre...
    Estas colosales manifestaciones describían las figuras de pirámides tan grandes como las de Egipto aproximándose a un tamaño de entre 150 y 200 metros de diámetro, y se dividen en 2 grupos de 5 alineadas de dos en dos.
    Sin duda que esta información llego a oídos de exploradores, científicos e investigadores de lo insólito, quienes no dudaron de la veracidad de dichos descubrimientos y decidieron armara expediciones a las zonas selváticas anteriormente mencionadas.
    Muchas de esas expediciones jamás volvieron producto de picadas de víboras, caídas en barrancos o la acechanza de tribus caníbales.
    Se creía que la demostración de la existencia de las pirámides daba pie al descubrimiento del mítico Paititi, teniendo en cuenta que las fotos del satélite ya comenzaban a mostrar anfiteatros y caminos trazados al rededor de las estructuras del Pantiacolla.
    Hasta nuestros días no hay una respuesta oficial de como fueron construidas esas pirámides, ya que algunos defienden la teoría natural producto de terremotos y movimientos tectónicos, y otros creen que nos encontramos ante uno de los descubrimientos más importantes del último tiempo...

    LOS ATLANTES

    Es imposible dejar de lado a ese misterios archipiélago que se habría desarrollado en el Atlántico y que Platón designó como la Atlántida...
    El mundo posee muchas zonas que hasta el momento no tienen una explicación racional, ya sea por sus construcciones o por los mitos que terminan convergiendo en tradiciones, ya sea orales o escritas, y la mejor forma de explicar lo inexplicable es el recuerdo de una civilización extinguida hace miles de años y que se cree tuvo un gran poder, capaz de surcar el espacio exterior e interior.

    Obviamente al adentrarnos en las zonas selváticas inexploradas nos encontramos con grandes mitos que hablan de ciudades regentes de algunos sobrevivientes de la Atlántida.
    Estas informaciones no eran al azar, ya que provenían de las bases de importantes órdenes del conocimiento esotérico, como es el caso de la Teosofía y su líder carismática Helena Petrovna Blavatsky quién aseguraba la existencia de remanentes atlantes en los sectores más inaccesibles de la Jungla Sudamericana, y por que no aprovechar esa información para matar dos pájaros de un tiro y explicar de esa forma la realidad de la mítica Paititi...
    Dentro de los exploradores que más creía en esa teoría se encontraba el hoy famoso Coronel del Ejercito Inglés; Percy Harrison Fawcett, quién continuamente viajaba a Sudamérica a principios del 1900 contratado por el presidente de Bolivia en ese entonces, Ismael Montes, el cuál deseaba dejar en buenas manos el trazado de las líneas fronterizas entre Perú y su país.

    Fawcett aprovechaba sus estadías en Bolivia y Perú para realizar importantes expediciones que le dieran una clave para encontrar la mítica ciudad de "Z", un centro que según el explorador guardaba importantes pilares de la cultura de la Atlántida.
    Ya traspasando el año 1925 este valiente hombre de adentra junto a Raleigh Rimmel y su hijo Jack en las zonas amazónicas del Brasil, en lo que conocemos como La Sierra del Roncador, Matto Grosso, para nunca más volver.
    En la figura de Fawcett se han tejido las más interesantes historias que hablan de su gran hallazgo y por que no de su traspaso a una dimensión superior junto a seres que lo saben todo...
    Otro de los mitos que se tejen en relación a ciudades perdidas es la historia de un escritor Alemán llamado Karl Bruger quien apoyado por un indígena mestizo de nombre Tatunca Nara , habrían alcanzado el contacto con una tribu perdida del amazonas, los "Ugha Mongulala", quienes poseían el secreto para llegar a un grupo de ciudades escondidas, más conocidas como Akakor.
    Este escritor y periodista Alemán falleció en extrañas circunstancias, según algunos por haber contado el secreto guardado para solo unos pocos...

    LAS AMAZONAS

    Todo buscador de "El Dorado" debía someterse a un sin número de escollos y peligros, producto de la espesa selva y la manifestación de un sin fin de especies animales en estado salvaje, capaces de hacer todo por salvaguardar su territorio.
    Pero en el año 1542 el español Francisco de Orellana navegando por el río Marañon hasta encontrar su desembocadura en el -hasta entonces- desconocido río más largo del mundo, se sorprendió al observar como por las orillas circulaban un grupo de mujeres guerreras diferentes a cualquier tribu existente en esos sectores. Este hallazgo no fue nada de fácil, ya que prontamente se vieron atacados por este grupo que poseían una destreza sin igual en el uso del arco y la flecha.

    Gaspar de Carvajal, capellán de la expedición narró lo siguiente:
    "Sabida nuestra venida -consigna en su diario-, vanies a pedir socorro, y vinieron hasta diez o doce, que estas vimos nosotros, que andaban peleando delante de todos los indios como capitanas"
    "Estas mujeres son muy blancas y altas -añade-, y tienen un largo cabello y andan desnudas, tapadas sus vergüenzas, con sus arcos y sus flechas en las manos, haciendo tanta guerra cada una como diez indios"

    CRÓNICAS DE LA EXISTENCIA DE LAS AMAZONAS

    No solo Francisco de Orellana relata el encuentro con esta etnia de mujeres blancas, también nos encontramos con otros cronistas y exploradores que dejaron un registro de sus experiencias...
    En 1543, Irala, embarcándose en el río Paraguay, en compañía del adelantado Nuñez Cabeza de Vaca, oyó hablar de "mujeres que pelean como hombres y que son muy valientes y guerreras, y que son señoras de mucho oro y plata".
    Díaz de Guzmán, en 1612, agrega que se hacían extirpar el seno derecho para utilizar de mejor forma el arco y la flecha, no hay duda que esta información la toma de la fábula de Heródoto y Diódoro de Sicilia.

    El Portugués Pedro de Texeira exploró el Amazonas, remontándolo desde su desembocadura hasta el interior, dirigiéndose luego a Quito. Advertido de esto el virrey, y temiendo que tropa tan numerosa pudiera tomar posesión de algún territorio oriental, le impuso, a su regreso, la compañía de dos jesuitas, uno de los cuales, Cristóbal de Acuña, llevó una crónica del viaje.
    El relato de Acuña es muy preciso, con muchas informaciones valiosas sobre los habitantes, la flora y la fauna de la amazonía. Dentro de sus relatos hace la siguiente reflexión:
    "Los fundamentos que hay para asegurar provincia de amazonas en este río son tantos y tan fuertes, que sería faltar a la fe humana no darles crédito".
    Humboldt, en su célebre viaje por la Amazonía, menciona brevemente a las amazonas, sin expresar ninguna duda en cuanto a su existencia. Se limita a indicar las zonas en que se advirtió de su presencia.
    La existencia de esta enigmática tribu de mujeres blancas y guerreras siempre quedará en el baúl de los misterios, hasta que se logre comprobar su realidad, ya sea pasada como presente.

    ANIMALES EXTRAÑOS

    No hay duda que la ciencia al oír hablar de la selva del Manú, levanta sus ojos en son de interrogación ya que las distintas especies de animales que se yerguen en esos sectores son realmente inimaginables...
    Los biólogos modernos hoy creen en la posibilidad de que sectores inexplorados de la selva tropical puedan guardar especies que hubiesen sido extintas oficialmente, o que incluso hasta nuestros días no conociesen. De esta forma las teorías que plantean que aún es posible encontrar animales prehistóricos no son de lo más descabelladas.
    El año 1997 a orillas de un pueblo amazónico peruano se concentró un grupo importante de militares preocupados por un evento que comprometía a uno de estos mitológicos animales, el cuál había dejado una huella que más tarde por las lluvias se convertía en riachuelo. Era el paso de una anaconda de dimensiones gigantescas, la cuál fue observada por una gran cantidad de Indígenas atónitos que no podían creer como las historias de sus padres y abuelos de hacían realidad. Según las informaciones esta serpiente de zonas húmedas medía más de 40 metros de largo...
    Las leyendas que hablan de serpientes gigantes en la selva amazónica son muchas, incluso solo basta recordar la narración del ya mencionado explorador Inglés Percy Fawcett, el cuál en una de sus exploraciones en barcaza por los ríos amazónicos se encontró con una anaconda que se elevaba en su dimensión, llegando a más de 20 metros. Según Fawcett, su rifle y una puntería de tipo militar, los salvó del ataque de tan horroroso animal.

    Otros animales que han preocupado a un gran número de exploradores e indígenas es la existencia del Mapinguary, una especie de Mono erecto semejante al legendario Bigfoot o Pies Grandes de las tradiciones americanas. Este misterioso Homínido ha sido visto por muchos campesinos en sectores boscosos y alejados de la mano del hombre. Según plantean las narraciones este animal sería extremadamente hostil, repeliendo un hedor que puede ser reconocido a muchos metros de distancia.
    Así tratando de resumir, las distintas narraciones que plantean la presencia de animales extraños son extremadamente comunes en estas zonas, donde la mano del hombre no tiene mayor acceso, por lo que no escaparía a la lógica que las distintas especies trataran de replegarse, logrando con ello sobrevivir un tiempo más...

    EL MUNDO INTRATERRENO

    Parte de las historias que llaman más la atención es la que nos sumerge en la posibilidad de que la selva sea el gran receptor de un importante grupo de galerías subterráneas que conectan unas con otras hasta llegar a su más trascendental base llamado por muchos Paititi.
    Este gran reino sería el custodio de una cultura que posee uno de los tesoros más relevantes e importantes de la humanidad, y que es su propia historia, un conocimiento capaz de sacar al ser humano de su letargo y ponerlo nuevamente en el camino que jamás debió perder...
    El Agartha de los tibetanos, el Shangri-La de los hindúes, se habría trasladado a Sudamérica, y su centro sería hoy en día el Paititi. Una ciudad que de una u otra forma alberga a miles de seres de distintas razas, los cuales poseen una evolución mental y espiritual más desarrollada que el común de las personas.
    La historia comienza con la migración Atlante a estas zonas logrando con ello comenzar el desarrollo de un conjunto de seres que en el futuro pudieran resguardar ese conjunto de tablas que conocemos como "El Libro de los de las vestiduras Blancas", y que en futuro entregarían la posta a seres híbridos de extraterrestres y terrestres, denominados Estekna-Manes, quienes actúan como Maestros del conocimiento esperando a los representantes de la raza humana para acceder a tan trascendental información.
    Para este tipo de objetivos se han realizado varias expediciones, tratando con ello de conectar con esos seres que viven dentro del Paititi. Una de las más importantes la realizó el peruano Ricardo González en agosto de 1996 junto con un grupo de uruguayos.
    Tratando de reconocer los Petroglifos de Pusharo se encontraba a plena luz del día este muchacho de 22 años cuando sintió un ruido hacia sus espaldas, y al pensar que se podía acercar algún animal salvaje tomo un palo. Cuanta sería su sorpresa al observar que se alzaba delante de sus ojos un hombre de apariencia oriental, vestido con túnica y un sombrero tipo mandarin que le entregó valiosa información. En su libro los Maestros del Paititi, Ricardo González narra lo siguiente:
    "Grande en indescriptible fue mi sorpresa cuando al voltear me encontré frente a una persona, rodeada de una intensa luz dorada; esta sorpresiva visita se encontraba a unos 10 metros de ubicación, levantó su mano izquierda y la luz que lo envolvía, que hasta ese momento permanecía concentrada en torno suyo, se abrió, iluminando la roca de Pusharo. Entonces pude ver con mayor claridad los rasgos del ser que estaba frente a mí".

    Dentro de las cosas que podríamos rescatar se encuentra el destino del Disco Solar, el que se cuenta habría sido llevado por los Incas desde el Koricancha hasta las bases de Paititi, aguardando el día en que el Inacarri, o Inca Rey retorne para reestablecer el orden perdido

    http://www.aforteanosla.com.ar/Colab...so%20mitos.htm


    Hombre nuevo - Tú que pasas - no me llames - No me llames hasta el designio¡ Llueve - llueve! Deposito mis crispadas manos en las divinas de Señor. . . Y camino Llueve ... llueve ... llueve ... Señor, Señor - Quisiera, jugar con el limo - y soñar con la vida. Quisiera Señor - acostarme junto a las flores sin polen, y cantar dormida! Deja que me guarde en mi rincón de sombras. Deja que abrace a las hojas - que acaricie a los frutos - que bese a las ramas y me arrope con ellas - Tú que llegas hombre nuevo -contémplame. ¡Soy la muerte!. . mas prosigue tu camino hombre fuerte - Es ya el final del instante. ¡Voy a dormir!

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    Predeterminado Re: El Mito de Paititi


    Pusharo no es la única evidencia de una civilización superior en las enmarañadas selvas de Madre de Dios; también se han encontrado numerosas ruinas y hasta caminos parcialmente pavimentados. Las pirámides de Paratoari son una prueba fehaciente de estas obras. En diciembre de 1975, el satélite norteamericano Landsat 2, que formaba parte de un ambicioso proyecto de la NASA, logró unas extrañas fotografías en la misteriosa cadena del Pantiacolla. El enigma se inició cuando el satélite fotografió en esta zona unos “10 puntos” – debido a la altura -, agrupados en pares (2 filas de 5) que sugerían según posteriores análisis, pirámides de cima trunca de proporciones enormes.

    Por si todo esto fuera poco, en la insólita meseta se han reportado numerosas expediciones desaparecidas, perturbaciones electromagnéticas en los instrumentos ( fui testigo de como enloquecen las brújulas y hasta los altímetros dejan de funcionar ) “apariciones” de inusitadas luces, ruidos extraordinarios que parecen surgir del suelo, y para añadirles el ingrediente final, los relatos de los machiguengas, quienes afirman – con total naturalidad – que al otro lado – con esto se refieren al Pongo de Mainiqui – existe una civilización muy antigua que lo “sabe todo”.


    Hombre nuevo - Tú que pasas - no me llames - No me llames hasta el designio¡ Llueve - llueve! Deposito mis crispadas manos en las divinas de Señor. . . Y camino Llueve ... llueve ... llueve ... Señor, Señor - Quisiera, jugar con el limo - y soñar con la vida. Quisiera Señor - acostarme junto a las flores sin polen, y cantar dormida! Deja que me guarde en mi rincón de sombras. Deja que abrace a las hojas - que acaricie a los frutos - que bese a las ramas y me arrope con ellas - Tú que llegas hombre nuevo -contémplame. ¡Soy la muerte!. . mas prosigue tu camino hombre fuerte - Es ya el final del instante. ¡Voy a dormir!

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    Predeterminado Re: El Mito de Paititi

    Expedición a las pirámides de Pantiacolla



    Incluso hoy, en pleno siglo XXI, existen lugares en la Tierra que aún no han sido explorados.
    En Sur América, gran parte de la selva amazónica localizada en la frontera entre Perú y Brasil es poco conocida. Particularmente el alto Purús, el Río Iaco, el alto Tambopata y el Parque del Manu. Estos territorios, que siempre despertaron mi curiosidad, quizás encierren el secreto de un antiguo pueblo que dominó el continente en épocas remotas.
    Uno de estos sitios, envuelto en misterio y casi totalmente desconocido, es la zona de selva primaria donde se encuentran las pirámides de Pantiacolla.
    El 30 de diciembre de 1975, el satélite estadounidense Landsat 2 fotografió un área de la jungla peruana en el departamento de Madre de Dios.
    La imagen del área forestal mostró doce puntos, en grupos de a dos, simétricos y regulares.
    Inicialmente, se pensó que había sido un error, pero luego de atentos análisis de expertos cartógrafos como A.T. Tizando, se llegó a la conclusión de que aquellos extraños objetos en el bosque tenían que ser muy altos, al menos 150-200 metros. Si estaban dispuestos en forma simétrica, no podían ser formaciones naturales, sino productos del hombre. Tal vez eran pirámides construidas en un pasado remoto por motivos rituales o ceremoniales.
    Las llamadas pirámides de Pantiacolla (del aymara: lugar donde se pierden los Collas), se encontraban en una zona de selva lejana e inexplorada, situada en la jungla de Madre de Dios, un lugar casi inaccesible.
    Rápidamente, se empezó a fantasear. El hecho de que muchos consideraran al área de Madre de Dios como el sitio donde los Incas se escondieron después de la llegada de los españoles a Cusco en 1533 y la supuesta existencia de una ciudad suya escondida en la floresta, denominada Paititi, no hicieron más que alimentar la creencia de que estas pirámides tenían que ver con la leyenda de El Dorado. Además, su relativa cercanía con los bellísimos petroglifos de Pusharo, lugar misterioso situado en el Río Shinkibeni, al interior de la selva primaria del Manu, impulsó a algunos exploradores a ir a la zona con la intención de desvelar sus misterios.
    La primera persona no indígena que se acercó a las pirámides fue el japonés Yoshiharu Sekino, en 1977. El joven, aunque no logró llegar al enigmático lugar, tuvo contacto con numerosos nativos Matsiguenkas y contribuyó a hacer conocer su cultura, hasta entonces prácticamente desconocida.
    Cuando, en 1979, los cónyuges Herbert y Nicole Cartagena descubrieron ruinas incaicas cerca al Río Nistron, llamadas luego Mameria, se comprobó que los Incas se habían adentrado en la selva situada al oriente de Cusco, buscando escapar de los conquistadores. El interés por la jungla de Madre de Dios volvió a crecer.
    El enigma de las pirámides de Pantiacolla (llamadas también Paratoari, en lengua Arawak de los Matsiguenkas), permanecía.
    La primera vez que se sobrevoló la zona de las pirámides fue en 1980, en una expedición organizada por el arqueólogo italiano Giancarlo Ligabue. No obstante, el primer explorador que llegó hasta allí fue el arqueólogo estadounidense Gregory Deyermejian, en 1996, acompañado por los guías Paulino e Ignacio Mamani, y por el hijo del doctor Carlos Neuenschwander Landa, Fernando. Después de profundos estudios del territorio, llegaron a la conclusión de que las llamadas pirámides no eran otra cosa que extrañas formaciones naturales.
    Sin embargo, para otros exploradores, las cosas no son así de fáciles: luego de varios viajes a la zona del Río Negro, afluente del Palotoa, sostuvieron que éstas son naturales, pero que fueron modificadas por el hombre en épocas pre-incaicas y que tienen relación con la ciudad perdida de los Incas, Paititi. Según otros investigadores, las pirámides fueron utilizadas como lugares rituales y religiosos por los Incas que se adentraron en la selva.
    Cuando en el 2001, el arqueólogo italiano Mario Polia encontró, en los archivos vaticanos, una carta original del jesuita Padre López, que databa de los primeros años del siglo XVII y que estaba dirigida al quinto general de la Compañía de Jesús, Claudio Acquaviva, el misterio de la ciudad perdida volvió a fascinar al mundo. En efecto, en la carta, considerada original, se describía el reino de Paititi, próspero en 1600, y riquísimo en oro y en piedras preciosas.
    Por tanto, volvió a hablarse de las misteriosas pirámides como un lugar ancestral erigido por el hombre en el lejano pasado y en las cercanías del cual los Incas construyeron su Paititi para escapar de las fuerzas del mal, representadas en los conquistadores. Según estas creencias, en las pirámides se encontraría la clave no sólo de Paititi, sino también de la fantástica cultura amazónica que las edificó en tiempos remotos.
    ¿Es posible que las pirámides sean un centro de energía desconocida que quizá fue canalizada por pueblos antiquísimos? Según algunos, estas son sólo fantasías, pero en mi opinión, no es posible hablar con conocimiento de causa hasta que no se viaje directamente al territorio en cuestión, buscando recoger la mayor cantidad de datos científicos posibles, pero también intentando “sentir” lo que la ciencia no puede develar, tal vez porque el tiempo ya lo ha borrado. En efecto, las sensaciones a menudo nos conducen a la verdad, siempre y cuando estén apoyadas en un serio y riguroso trabajo científico.



    Mi viaje a las pirámides de Pantiacolla se remonta a junio del 2009. Una vez que llegué a Cusco junto con mi amigo turinés Stefano Grotto, me encontré de inmediato con mi guía, Fernando Rivera Huanca, un muchacho confiable y experto. Al día siguiente, atravesamos la sierra y llegamos, después de nueve horas de viaje en camioneta, al pueblo de Atalaya, en las orillas de Madre de Dios.
    Al otro día, temprano, nos embarcamos en un peque peque (barco de poco calado con motor de 16 CV) y nos dirigimos, navegando en el Madre de Dios, hasta el puerto de Llactapampa Palotoa, pueblo de colonos situado en la orilla opuesta respecto a Santa Cruz. La aldea de Palotoa (a aproximadamente 420 metros sobre el nivel del mar), está situada a más o menos un kilómetro al interior del río y está formada por pequeñas casas de madera sin electricidad. Poco después, nos encontramos con el guía Saúl y empezamos a prepararnos para la partida. Stefano Grotto decidió permanecer en el poblado como apoyo en caso de emergencia, y entonces nos fuimos los tres: Fernando Rivera Huanca, Saúl Robles Condori y yo. Teníamos provisiones suficientes para seis días y además, Fernando me aseguró que Saúl era un experto pescador.
    La primera parte, de unas tres horas de camino, es una selva densa y húmeda, pero con sendero. Muchas veces tuvimos que atravesar pequeñas lagunas (cochas) de fondo fangoso e insidioso, cuyas aguas nos llegaban hasta las rodillas. Hacia mediodía llegamos al Río Inchipato, un afluente del Madre de Dios que desemboca cerca al Palotoa. En el punto donde lo atravesamos, tiene aproximadamente quince metros de ancho y aguas cenagosas, las cuales nos llegaban a la cintura. Luego de comer algo ligero, empezamos a recorrer el río caminando por sus orillas. Varias veces nos vimos obligados a atravesarlo a causa del fondo arenoso y lodoso, buscando partes más consistentes por donde caminar sin tanto esfuerzo. Hacia las cuatro de la tarde, después de haber andado siete horas, decidimos detenernos a dormir en una gran playa rodeada de árboles de unos cincuenta metros de altura.
    Aquel lugar fue llamado campo 1.
    De noche, antes de dormirnos, empezó a llover y el nivel del río aumentó con rapidez. Todo sería mucho más complicado al día siguiente, puesto que la lluvia traería neblina, la cual dificultaría la ubicación de las pirámides.
    Lamentablemente, mis suposiciones resultaron ciertas: al otro día nos levantamos a las cinco de la mañana, bajo una persistente lluvia. La temperatura había descendido y soplaba un fastidioso viento: no parecíamos estar en selva amazónica, sino en otra latitud muy distinta.
    Mientras avanzábamos con dificultad bajo la lluvia, hundiéndonos en el fango a veces hasta la cintura, y sobretodo cuidándonos de no pisar las peligrosísimas rayas de agua dulce y de no dejar caer en el agua los morrales (donde había cámaras fotográficas y de video), encontramos un petroglifo justo en una roca del río Inchipato, claro indicio de presencia humana arcaica en sus orillas. Las incisiones en la piedra me recordaron extrañamente a las del petroglifo de Jinkiori en el territorio de los Wuachipaeris, cerca del pueblo de Pilcopata, en el departamento de Cusco. Después de aproximadamente una hora de trayecto hallamos otro signo, según mi parecer, una señal tallada en la roca para guiar por la vía correcta a las pirámides. Estos signos esculpidos nos levantaron la moral y nos dieron nuevos ánimos para continuar con nuestra aventura.
    Al mediodía ya no estaba lloviendo, pero el cielo estaba cubierto de nubes amenazantes y a lo lejos se veía el cerro Palotoa sumergido en neblina. Con estas condiciones era imposible percibir de lejos las pirámides para darse cuenta de cuál era la dirección correcta a seguir. Saúl buscaba un lugar elevado, llamado mirador o plataforma, desde donde se podría, con buenas condiciones climáticas, avistar las pirámides, pero no lo encontramos. Nos detuvimos para comer y analizar la situación. Aunque el cielo estaba nublado, el calor húmedo no tardó en hacerse sentir y los zancudos, junto con fastidiosos mosquitos que se meten bajo la piel, empezaron a complicarnos la vida.
    Retomamos el rumbo hasta que, alrededor de las tres de la tarde, el río se dividió en dos brazos. Saúl y Fernando vacilaban sobre el camino correcto a seguir y de este modo, decidimos dejar los morrales en una playa cercana y tomar el tramo derecho, sólo con nuestros machetes y las cámaras fotográficas, pero esta quebrada resultó ser la vía equivocada y entonces regresamos a donde estaban nuestras mochilas, decididos a continuar por el brazo izquierdo.
    Anduvimos por unas dos horas, pero nos vimos obligados muchas veces a abandonar el río porque era demasiado profundo y sus orillas eran unos densos pantanos donde era imposible no hundirse. De manera que nos adentramos en la intricada selva, andando a golpes de machete para abrirnos camino sin perder de vista el río.
    A eso de las cuatro decidimos detenernos cerca al río y preparar el campo 2, del cual partiríamos al otro día más ligeros de equipaje.





    A la mañana siguiente, nos levantamos de nuevo bajo una persistente llovizna, y el clima pesado y frío no animaba a iniciar otra caminata. Por otro lado, tampoco daban ganas de estar dentro de las carpas, goteantes de humedad. Continuamos por la quebrada por aproximadamente dos horas, con cuidado de no dislocarnos los tobillos porque el piso se componía de piedras resbaladizas y puntudas. A las diez cesó por fin de llover y la neblina empezó a disolverse. No sabíamos a dónde dirigirnos porque, según lo que pensábamos, las fuentes del Inchipato estaban ubicadas a la izquierda de las pirámides y recorriéndolo, nos desviaríamos del camino correcto.
    En cierto punto, resolvimos entrar en la selva, subiendo por una empinada cresta fangosa, sirviéndonos de una cuerda. Una vez que estuvimos en la cima, continuamos avanzando pero la vegetación era tan espesa e intricada que se necesitaba mucho tiempo y energía para abrirse paso con los machetes. Saúl propuso regresar solo al Inchipato con el fin de explorar otras quebradas y hallar un lugar alto de donde se pudieran distinguir de lejos nuestros objetivos. Fernando y yo aceptamos: nosotros continuaríamos en la jungla recorriendo lo que creíamos que era parte de la sierra, mientras que él se dirigiría nuevamente al río.
    Fernando, macheteando, abría el camino, mientras que yo detrás filmaba y observaba el terreno. En cierto momento, la inclinación del suelo cambió: de una ligera subida se pasó a una escarpada pared (aproximadamente 65% de pendiente), obligándonos a utilizar las manos para continuar. Pronto nos dimos cuenta de que la capa de tierra donde nos encontrábamos no era profunda, ya que nuestros machetes tocaban un estrato rocoso después de atravesar unos 40-50 centímetros de humus. En efecto, estábamos rodeados de arbustos espinosos cuyas raíces no podían ser hondas. Sin embargo, los altos árboles que hundían sus raíces en tierra más profunda, la cual hacía poco habíamos dejado atrás, nos obstaculizaban todavía el panorama. Escavamos para saber qué era aquella roca que estaba debajo del humus y nos encontramos, atónitos, con piedra parecida a arena dura, muy desmenuzable, de color marrón con rayas blancas y rojizas. ¡Toda la pared, casi totalmente lisa, estaba formada de dura arena! Fue entonces cuando estuvimos seguros de estar sobre una de las pirámides de Pantiacolla.
    Prosiguiendo muy despacio, recorrimos los aproximados doscientos metros que nos separaban de la cima. La subida era ardua porque las ramas de los arbustos estaban llenas de hormigas agresivas y rodeadas de afiladas espinas. Nuestros zapatos se hundían en la intricada vegetación y corríamos el peligro de meterlos en oscuras cavidades que podían ser nido de serpientes venenosas. A pesar de todo eso, mantuvimos la calma y después de una media hora, alcanzamos la cumbre de la pirámide.



    espués de abrirnos campo con la ayuda de los machetes, se nos apareció un espectáculo maravilloso: otras tres pirámides se erigían frente a nosotros, y a la derecha se extendía la selva del Manu hasta perderse de vista, la más pura y biodiversa del planeta. A lo lejos podía verse, con la ayuda de los binóculos, el pongo del Shinkibeni, donde están los petroglifos de Pusharo y la cordillera de Pantiacolla, las últimas montañas antes de la selva baja amazónica.
    Fue uno de los momentos más hermosos de mi vida.
    Desde hacía un rato había dejado de llover, la visibilidad era muy buena y aunque no había salido el sol, la luz era suficiente para permitirnos contemplar ese espectáculo de rara belleza.
    También las otras pirámides, observadas de lejos con los binóculos, parecían tener las mismas características de la que habíamos escalado: arbustos bajos en vez de grandes y altos árboles. Todo hace suponer que el material básico de las pirámides es esa peculiar arena dura pero desmenuzable, lo extraño es que los lados están cortados geométricamente y no hay deformidades apreciables.
    En cuanto a la supuesta simetría de las pirámides, verificamos que esto es sólo parcialmente cierto: desde nuestra ubicación se podían ver claramente tres pirámides, pero no eran simétricas, aunque estaban muy cerca la una de la otra y dos de ellas estaban situadas junto al cerro Palotoa, como si estuvieran apoyadas en él. Después de haber descansado un poco, sentimos un silbido e inicialmente nos alarmamos puesto que no era un silbido de pájaro, sino de humano, y como en la zona están los temibles Kuga-Pacoris, por un momento creímos que uno de ellos nos había seguido. No obstante, Fernando respondió al silbido y poco después se percató de que era Saúl, nuestro guía.
    Saúl, al no encontrar el camino correcto por el río, había regresado y seguido nuestros pasos, observando las marcas dejadas por nuestros machetes en los arbustos.
    Cuando Saúl llegó a la cumbre, nos abrazamos contentos y poco después empezamos a comer latas de fríjoles y atún. De repente, un enorme cóndor de los Andes (vultur gryphus) se acercó planeando, como para saludarnos. Por poco logramos distinguir el contorno del pico y del cuello. Fue un momento maravilloso, permanecimos todos asombrados sin poder pronunciar palabra. El cóndor es el ave volador más grande del mundo, puede pesar doce kilos y el despliegue de sus alas alcanza los tres metros. Tuvimos la sensación de que esta ave era el alma de un Apu (Divinidad de los Incas), el cual nos vigilaba desde lejos.
    Cuando el cóndor se fue decidimos bautizar la pirámide que habíamos escalado cumbre del cóndor, situada en las coordinadas: 12 grados 41' 10'' SUR - 71 grados 27' 30'' OESTE.
    Después de tomar otras fotografías y de haber explorado los alrededores de la cima, decidimos regresar, dado que ya eran las tres de la tarde y no queríamos encontrarnos atrapados en la selva cuando anocheciera (a las cinco ya está oscuro allí, también a causa de la sombra de altísimos árboles).
    Después de aproximadamente diez minutos de un descenso empinado, comenzó a llover. En pocos instantes estaba diluviando e inclusive un viento frío e impetuoso empezó a soplar.
    La tempestad era tremenda: fragorosos truenos retumbaban a lo lejos. Los relámpagos eran muy luminosos y parecían estarnos rodeando. En cada resplandor lograba distinguir las paredes de las pirámides y las ramas de los arbustos, cuyas raíces se amontonaban entre piedras y ramaje espinoso. Tenía miedo de que uno de esos rayos nos fulminara, y caminaba rápidamente intentando no perder de vista a mis guías, los cuales, mucho más ágiles que yo, me adelantaban por unos treinta metros. Después de aproximadamente veinte minutos de tensión, llegamos al río. El fuerte aguacero había acabado, pero la tormenta eléctrica continuaba. Nunca había visto algo semejante. Los relámpagos duraron otra media hora más o menos y la bóveda celeste, atravesada por un extraño estruendo y centelleantes rayos, tomó un color tétrico que tendía al violáceo.
    Luego fuimos hacia el campo 2, donde descansamos y nos alimentamos. Mientras Fernando y yo cocinábamos un delicioso arroz con salsa de tomates, Saúl pescaba. Después de una media hora, regresó con varios pescados y algunas cañas de bambú. Lo curioso fue que el bambú le sirvió justamente para cocinar el pescado, al cual metió en la cavidad del tronco. Yo también quise degustar unos pedazos y constaté que estaba muy bien cocinado. Saúl me explicó que los indígenas Matsiguenkas le enseñaron a pescar y a cocinar el pescado en el bambú de esa manera, y también a reconocer una cantidad innumerable de plantas útiles para curar heridas y enfermedades que dan en la selva a causa de los insectos y la humedad.
    Por la noche, analizamos la situación: como ya habíamos cumplido en parte con el objetivo de la expedición, es decir, darnos cuenta personalmente de lo que hay bajo el humus que constituye la capa vegetal de las pirámides, y además, habiendo tenido la fortuna de escalar una hasta la cima y de haber encontrado importantes petroglifos, decidimos regresar al pueblo de Llactapampa Palotoa al otro día, considerando también que los víveres alcanzarían exactamente para dos jornadas más.
    A la mañana siguiente, mientras nos organizábamos para el viaje de regreso, me alejé unos veinte metros del campo de base para tomar las últimas fotos. De repente, mientras observaba un pedregal para ver si encontraba restos de hachas Incas o piedras labradas, me di cuenta de que no estaba solo. Sentí un susurro y un sonido de ramas partidas y hojas pisoteadas. Tuve la impresión de encontrarme cerca de un animal muy ligero que no podía encontrarse a más de diez metros de mí. Contuve la respiración e intenté agudizar la vista, mirando entre las ramas de los árboles y entre el follaje. Era un pájaro de color marrón con la cola larga y oscura que pataleaba cerca de mí, emanando un olor fuerte y desagradable. Después de pocos instantes, logré avanzar sin hacer ruido y moví lentamente una gran hoja para verlo mejor: era muy extraño, tenía una cabeza muy pequeña en comparación con el cuerpo y el pico era negro y brillante. De lejos parecía casi un gallo, y tenía el ojo de color rojo vivo, rodeado de pelos blancuzcos. Súbitamente, tal vez porque percibió mi presencia, dio un salto y se montó a una rama, pero lo increíble fue que la alcanzó con la ayuda del ala, o sea que ésta tenía uñas, si bien arcaicas. ¿Cómo era posible? ¿Un pájaro con uñas o garras en las alas? Por un momento pensé que estaba soñando y casi no creí en lo que había visto. Poco después, el extraño pájaro desapareció entre la espesura de ramas y follaje. Luego, busqué en mi vademécum naturalista y encontré la respuesta: ese pájaro era real, si bien arcaico, era un hoazín (opisthocomus hoazin, llamado chancho en Perú), un galliforme entre reptil y pájaro que recuerda al extinguido archaeopteryx, el pájaro más primitivo que se conoce, el cual vivió hace millones de años. Estaba demasiado feliz, pocas personas han logrado ver un fósil viviente como el hoazín, así que consideré este hecho como un buen signo premonitor, como una señal de que la expedición se había completado con luz positiva y también como buen augurio para el futuro.
    El viaje de regreso fue relativamente más fácil que el de ida, principalmente porque algunos pasajes dificultosos en algunas curvas del río ya los habíamos despejado durante el primer recorrido. El primer día logramos llegar más allá del campo 1 y dormimos en una playa cercana a un intricado bosque de bambús altísimos. No llovió y entonces aprovechamos para secar la ropa mojada.
    A la mañana siguiente, empezamos a caminar alrededor de las siete. En pocas horas llegamos al lugar donde cinco días antes habíamos comenzado la marcha a lo largo del río, y nos sumergimos de nuevo en la selva virgen. Después de aproximadamente una hora de trayecto, encontramos la huella de un oso de anteojos (tremarctos ornatus), difundido en la selva alta amazónica. Pensaba que era endémico de zonas más elevadas, pero posteriormente leí que puede vivir en altitudes desde 250 hasta 4500 metros sobre el nivel del mar. Es un omnívoro de unos 150 kilos de peso y dos metros de largo. Un escalofrío me recorrió la espalda al pensar que hubiera podido atacarnos durante nuestra exploración.
    Hacia las dos de la tarde llegamos a Llactapampa Paolotoa, donde Stefano nos recibió con un exquisito arroz al curry.
    Después de haber descansado, hicimos el balance de la expedición: además de haber encontrado dos petroglifos, indicios de remota presencia humana en el Río Inchipato, comprobamos que la pirámide que escalamos es una rara formación natural cuya capa vegetal no tiene más de 40-50 centímetros de profundidad y cuya materia principal es una especie de arena dura, pero desmenuzable. Por desgracia, no pudimos verificar la verdadera naturaleza de las otras pirámides, puesto que se requeriría de una expedición de al menos veinte días.
    El misterio de las pirámides de Pantiacolla continúa. Además, permanece la duda de si algunos grupos humanos vivieron en sus alrededores en el pasado, considerándolas lugares rituales o ceremoniales. Por ahora no tenemos la suficiente información para dar un juicio definitivo.

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    Hombre nuevo - Tú que pasas - no me llames - No me llames hasta el designio¡ Llueve - llueve! Deposito mis crispadas manos en las divinas de Señor. . . Y camino Llueve ... llueve ... llueve ... Señor, Señor - Quisiera, jugar con el limo - y soñar con la vida. Quisiera Señor - acostarme junto a las flores sin polen, y cantar dormida! Deja que me guarde en mi rincón de sombras. Deja que abrace a las hojas - que acaricie a los frutos - que bese a las ramas y me arrope con ellas - Tú que llegas hombre nuevo -contémplame. ¡Soy la muerte!. . mas prosigue tu camino hombre fuerte - Es ya el final del instante. ¡Voy a dormir!

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    Predeterminado Re: El Mito de Paititi

    Identificada la ubicación del Paititi en 1769, en el mapa etnohistórico del Brasil de Curt Nimuendajú



    Al finalizar el 2011 me encontraba en Rondonia con el objetivo de arrojar luz sobre uno de los últimos misterios irresolutos de Suramérica: la efectiva localización del mítico Paititi, el magnífico reino amazónico buscado durante mucho tiempo por los conquistadores españoles y luego por aventureros y exploradores a lo largo del siglo XX.
    El más famoso de los buscadores del Paititi fue el inglés Percy Harrison Fawcett, quien desapareció en la Serra del Roncador en 1925, probablemente en manos de indígenas hostiles. Él denominaba “Z” a la ciudad escondida y basaba sus búsquedas en el “manuscrito 512”, un documento inédito que describía el descubrimiento de una ciudad de piedra en un lugar no muy bien identificado del inmenso “sertão” por parte de un grupo de exploradores del lejano 1753.
    Desde un punto de vista documental ha habido también varias evidencias que han probado indirectamente que el fantástico reino amazónico se encontraba de hecho en las cercanías del Río Guaporé, en plena selva baja amazónica.
    El primer documento en cuestión fue el manuscrito de Andrés López, hallado en el 2002 por el arqueólogo Mario Polia en los archivos vaticanos.
    Otros documentos antiguos prueban que una parte de la nobleza incaica se ocultó en el Paititi después de la conquista española del Cusco. Por ejemplo, los documentos de Pedro Felipe de Alcaya y del capitán Francisco Sánchez Gregorio, cuyas narraciones fueron recogidas en las Crónicas de Lizarazu (1635), describen la fuga del inca Guaynaapoc a la misteriosa tierra del Paititi, en un lugar situado más allá del Río Guaporé, en el actual territorio de Rondonia.
    Durante mi permanencia en Rondonia pude llevar a cabo dos exploraciones en la selva amazónica junto a un grupo de estudiosos brasileros.
    En la primera exploración pudimos describir el enigmático sitio de Ciudad Laberinto, mientras que durante la segunda pude llegar a una fortaleza hasta ahora desconocida en la selva adyacente al Río Madeira, a la cual denominé Fortaleza del Río Madeira.
    En los días sucesivos a las expediciones mencionadas me encontraba en el museo de la pequeña ciudad de Presidente Medici junto al investigador Joaquim Cunha da Silva cuando encontré casualmente una ulterior prueba documental.
    Observando con atención un mapa etnohistórico del Brasil, elaborado por Curt Nimuendajú, me di cuenta de que en el Río Colorado, un afluente del lado derecho del Río Guaporé, estaba escrita la palabra PAITITI seguida por la fecha 1769.
    Este dato, de fundamental importancia, es una prueba más del hecho de que el área en cuestión, ubicada en el actual territorio de Rondonia, al interior del Parque Nacional Pacaas Novos, correspondía en los siglos pasados a la zona reconocida como el Paititi amazónico, donde vivían etnias indígenas que quizás habían entablado relaciones amigables con los Moxos que ocupaban históricamente la parte de selva baja situada en la vertiente izquierda del Río Guaporé (actual Bolivia).
    Curt Nimuendajú (1883-1945) fue un etnólogo de origen alemán, nacionalizado brasilero. Durante gran parte de su vida recorrió las selvas del Brasil con el fin de documentar las cientos de etnias presentes en su territorio.
    Actualmente es muy difícil descubrir cuáles fueron las informaciones que tenía en su poder cuando terminó su mapa etnohistórico, un año antes de su muerte, en 1944. Posiblemente había viajado (alrededor de 1930) a la zona indicada en el mapa - me refiero al Río Colorado, afluente del Río Guaporé- y había recopilado algunos testimonios sobre la posible existencia de una etnia de indígenas conocida con el nombre de Patiti (muy similar a Paititi), en el siglo XVIII.
    Son numerosos los testimonios de etnias que se denominaban “Paititi”, sobre todo en la región situada más al sur, en el actual territorio boliviano, en la zona amazónica comprendida entre el Río Beni y el Río Mamoré.
    Por ejemplo, el Padre jesuita Agustín Zapata viajó en 1693 a lo largo del Río Mamoré y algunos de sus afluentes. Su relación de viaje fue transmitida por otro jesuita, el padre Diego de Eguiluz. En el relato se describe al pueblo de los Cayubabas, al cual tal vez puede reconocérsele como descendiente de la legendaria etnia amazónica:



    La gente es muchísima, y solo en uno de los pueblos hay más de dos mil almas, y los demás tendrán mil ochocientos, poco más o menos. El cacique principal de estos siete pueblos era un viejo venerable, con una barba cana y muy larga, llamado Paititi, a quien en particular regaló el Padre Agustín y en retorno le dio un lanzón de chonta con una punta de hueso, que tenía en la mano, matizado todo de muy vistosas plumas, en señal de amistad; pues para entablarla usan estos bárbaros el dar sus armas. Después de dos días que gastó el padre con estos Cayubabas se volvió a su reducción.

    He aquí otro documento, que se remonta a 1695, esta vez firmado directamente por el Padre Agustín Zapata:

    Acerca de la población grande que V.R. me dice, donde está el indio llamado Paititi, digo que la he visitado en tres años seguidos,…en tres leguas de distancia por tierra están cinco poblaciones grandes, y la mayor es donde está el dicho Paititi, y me parece habría hasta cuatro o cinco mil almas en esos cinco pueblos, con más modo y aseo, sin comparación, que estos todos que hemos visto; dieron me noticias de muchas poblaciones cercanas, que no pude ver, porque iba en canoa y ya todos los demás es muy alto de lomerias…Yo en tiempo de aguas, qua anda la canoa dos veces más, he andado ocho días ríos abajo donde está la población del Paititi y en todo este tiempo no hay rió ninguno que entre en este, sino tiesitos pequeños. De más a más he estado con unos indios que viven cuatro días de camino rió abajo, que me dicen que más debajo de sus pueblos entra un gran rió* en este el cual viene de Oriente

    Uniendo todos estos testimonios del pasado, además del valioso mapa etnohistórico de Curt Nimuendajú, se puede llegar a la conclusión de que, en los siglos XVII y XVIII, el nombre “Paititi” o “Patiti” era probablemente utilizado como título honorífico para jefes tribu o caciques, tanto en la zona comprendida entre el Río Mamoré y el Guaporé, como en el área ubicada en la actual Rondonia cerca al Río Colorado.
    Falta localizar el lugar legendario donde los descendientes de Huáscar se escondieron (ver mi artículo: La fuga del inca Guaynaapoc a la misteriosa tierra del Paititi), que podría corresponder al Parque Nacional Pacaas Novos en las cercanías del PiccoTracoa, la montaña más alta de Rondonia.



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    Hombre nuevo - Tú que pasas - no me llames - No me llames hasta el designio¡ Llueve - llueve! Deposito mis crispadas manos en las divinas de Señor. . . Y camino Llueve ... llueve ... llueve ... Señor, Señor - Quisiera, jugar con el limo - y soñar con la vida. Quisiera Señor - acostarme junto a las flores sin polen, y cantar dormida! Deja que me guarde en mi rincón de sombras. Deja que abrace a las hojas - que acaricie a los frutos - que bese a las ramas y me arrope con ellas - Tú que llegas hombre nuevo -contémplame. ¡Soy la muerte!. . mas prosigue tu camino hombre fuerte - Es ya el final del instante. ¡Voy a dormir!

  5. #5
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    Predeterminado Re: El Mito de Paititi

    La verdad estos temas me encantan, ya que combinan mi pasion por la Selva y Monte junto con mi pasion por lo desconocido y las civilizaciones antiguas. Me encantaria poder partucupar en una de esas expediciones, u organizar una; el problema son siempre los mismos: PRESUPUESTO PERSONAS EQUIPO Y BUROCRACIA.

    Recomiendo la lectura de dos libros: LA CIUDAD PERDIDA DE Z (David Grann) y A TRAVES DE LA SELVA AMAZONICA (Brian Fawcett, hijo del Cnel Fawcett)



    "SI NO VOLVEMOS, NO DESEO QUE ORGANICEN PARTIDAS DE SALVAMENTO...ES DEMASIADO ARRIESGADO. SI YO, CON TODA MI EXPERIENCIA, FRACASO, NO QUEDA MUCHA ESPERANZA EN EL TRIUNFO DE LOS OTROS..." PERCY HARRISON FAWCETT 29 DE MAYO DE 1925, DESDE EL CAMPAMENTO BAUTIZADO CABALLO MUERTO EN EL MATO GROSSO.

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